CARTA DEL DIRECTOR

Óscar Gálvez


Derecho a cambiar de chaqueta

La aparición de Soraya Rodríguez en la lista que Ciudadanos ha formalizado para las elecciones al Parlamento Europeo ha causado realmente entre poca y ninguna sorpresa. Su caso no se parece en este sentido al de Silvia Clemente, que pese a no ser secreta la falta de sintonía –cuando no rechazo– con muchos de sus compañeros del PP, ejerció cargos institucionales y orgánicos hasta un minuto antes de dar portazo a su partido. El amor entre la expresidenta de las Cortes y el Partido Popular –o parte de él– se había acabado mucho antes, pero nada hacía presagiar un repentino abandono de su partido de toda la vida para fichar de inmediato por otro. Lo de Rodríguez, por el contrario, podía barruntarse desde hace tiempo, desde que estaba claro que nunca volvería a ocupar un cargo público con el PSOE, salvo que el otro PSOE, aquel con el que ella se identifica, recuperase el mando del partido, algo que a corto plazo no se vislumbra. 
La ausencia de química con la actual dirección del partido era manifiesta no ya de pocos meses sino de mucho más tiempo. De hecho, siendo una de las principales promotoras de la salida forzada de Pedro Sánchez de la Secretaría General del partido en octubre de 2016, lo extraño sería que hubieran hecho migas. Y dado que el futuro de Rodríguez dentro del partido socialista, al menos en cuanto a proyección en listas, se presumía ahora bastante negro sólo había dos posibles escenarios sobre los que poder decidir: o continuar como militante de base batallando por sus principios como lo hacen miles de afiliados anónimos u optar por salir de la organización. Ha escogido la segunda vía, en su plena libertad y derecho a hacerlo, como pudieron haber tomado esa decisión en su momento muchos militantes que en la época en la que Soraya Rodríguez tenía mucho peso en el PSOE no estaban de acuerdo con el modelo que ella y quienes la auparon defendían. La diferencia es que la mayoría de ellos se quedaron para intentar el cambio desde dentro y lo consiguieron. Si se equivocaron o no se verá con el tiempo. 
La coincidencia de ambos abandonos con procesos electorales en ciernes, y más en concreto con el periodo en el que los partidos que concurren a las elecciones de abril y de mayo elaboran sus candidaturas, ha añadido más elementos al debate. Entre todos ellos hay uno que destaca y del que sus partidos de origen se aprovechan para arrojar sobre ellas todo tipo de críticas: se acusa a ambas de perseguir un cargo, de pretender seguir viviendo de la política aunque para ello hayan tenido que cambiar de partido. Vaya por delante que nunca me ha parecido ningún acto de traición –como algunos tratan de apuntar– que alguien se dé de baja en una organización para integrarse en otra si aquella a la que ha pertenecido ha cambiado de forma tan profunda que ya no se identifica con ella. ¿Acaso puede no ser verdad tanto el cambio como la pérdida de identificación personal? Otra cosa bien distinta es que teniendo la posibilidad de marcharse de una forma elegante, se elija la de atacar a dirigentes y excompañeros tratando de cargar sobre ellos en exclusiva la culpa de todos los males. Pero al margen de eso, ¿qué hay de malo en abrir la puerta y marcharse a otro lugar en el que uno pueda encontrarse más a gusto? Si me resulta imposible estar de acuerdo con la acusación de traición, aún lo estoy menos con que alguien se pueda referir a esas personas como tránsfugas, como de forma inmisericorde y con intención de hacer daño se ha pretendido desde sus partidos, conscientes de lo que ese término supone de desprestigio social y degradación de la dignidad.
El transfuguismo es un concepto que en política se asocia a una práctica en la que ni Clemente ni Rodríguez han incurrido. Ninguna de las dos ha cambiado de partido quedándose el acta del escaño al que accedieron gracias al PSOE en el caso de Rodríguez y al PP en el de Clemente. Ni tampoco han hecho uso de su voto en sede parlamentaria en contra de lo dispuesto por sus partidos, ni siquiera en el caso de Soraya Rodríguez para investir presidente a Mariano Rajoy, ya que en el momento de abstenerse siguió la disciplina de voto socialista, en ese momento de permitir la formación de Gobierno. El simple hecho de lanzar a la sociedad un mensaje en esa dirección para que el ciudadano las etiquete como tales merece la reprobación. ¿Oportunistas? Bueno, eso ya es más interpretable, lo que de toda la vida se ha dicho chaquetero, cambiar de chaqueta. No debemos olvidar que si hay millones de ciudadanos que cambian de voto de unas elecciones a otras será por alguna razón y una de ellas es porque no encuentran hoy en un partido aquello que de él les gustaba ayer y por lo que dio su voto. El derecho a cambiar de opinión y pensamiento existe, pero en política no se perdona. O se está con el que dirige o no hay futuro. Esperemos no ir a peor.