ZARANDAJAS

Pablo Álvarez

Periodista


Felicitaciones encadenadas

Oye Siri, haz una felicitación navideña y mándasela a todos mis contactos por Whatsapp. Todavía no hemos llegado a este punto, pero no creo que falte mucho. ¿Cuántas veces le ha llegado el mensaje de ese paisano de la camiseta de los Cavaliers (más feo que pegar a un padre, por cierto), que te canta el villancico Feliz Navidad a ritmo de un tambor y una cuchara rascando un cilindro metálico en ese perfecto inglés de Cambridge? He tenido la paciencia de contarlos estos días antes escribir estas líneas y si no me he saltado alguno creo que han sido 17, quince de ellas en grupos y en uno de ellos repetido.
Yo mismo no pude reprimir la tentación y creyendo que iba de original reenvié una felicitación en la que el buey y la mula están reemplazados por dos galgos a mi hermano, que es galguero, y resulta que era el octavo que le mandaban. Todos tan ingeniosos como yo, por lo visto.
Ni siquiera un acto tan personal y, supuestamente, sentido y entrañable como una felicitación de Navidad en la que se trata de transmitir los deseos de paz y felicidad a las personas más próximas, se escapa de la corrupción tecnológica que todo lo impregna en estos días. Un simple movimiento pulgares, selección de destinatarios y… reenviado. Ya hemos cumplido. A otra cosa mariposa.
Luego están los que cogen un fondo de pantalla con motivos navideños que han buscado en google y lo tunean para incluir su nombre. En este saco podemos meter a los que recurren a aplicaciones que hacen más o menos lo mismo, como Canva, y que se limitan a cambiar el Merry Chistmas por un Feliz Navidad. A estos se les puede atribuir un poco más de esfuerzo en la búsqueda de originalidad, pero en el fondo la felicitación busca más cubrir el expediente lo antes posible.
En la era de los sms (que en paz descansen), todos éramos mucho más selectivos con las felicitaciones, pero con la barra libre de mensajería instantánea perdemos el sentido de la medida como les ocurre a muchos en una boda, con la ventaja de que no deja tanta resaca.
Como no cuesta (no cuesta más de lo que ya pagamos cada mes por la línea de móvil, quiero decir), mandamos mensajes a discreción, como si nuestros teléfonos fueran ametralladoras de buenos deseos fabricados en cadena.
Nos dejamos llevar por la vorágine tecnológica. ¡Como todo el mundo lo hace, cómo voy a ser yo menos! Sin caer en la cuenta de que cuanto más mandamos o reenviamos más vacíanos el contenido de nuestros mensajes.
Pero esos mensajes, igual que vienen se van, ¿o recuerda usted cuál le mandaron el año pasado? ¿Y hace dos?
En medio de este aluvión, siempre hay gestos que dejan la puerta abierta a la esperanza, como aquellos que simplemente te escriben un sencillo feliz navidad con los mejores deseos o un felices fiestas seguido de un abrazo… sin más y sin menos. Un sencillo mensaje, muchas veces precedido de tu nombre, en el que percibes que sinceramente se ha acordado de ti ese familiar o ese amigo al que hace tiempo que no ves y que con ese mensaje simplemente te muestra que está ahí.
Luego están los campeones de los christmas. Aquellas personas que de su puño y letra escriben pacientemente las felicitaciones que han comprado o que incluso han hecho ellos mismos partiendo de una cartulina en blanco. Ahí no sólo encuentras el sentido mensaje sino el tiempo dedicado en pensar y ejecutar la obra. De estos sí que nos acordamos, aunque solo sea porque los guardamos con cariño al lado de la tele o pegado con un imán en la puerta del frigorífico.
Sea como fuere, cualquier momento es bueno para transmitir a un amigo o a un familiar los buenos deseos, no solo en Navidad.



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