Juan Luis Arsuaga


La falacia del Concorde, un cuento para políticos

En estos tiempos electorales hasta un científico se anima a hablar de política, aunque sea en forma de cuento, o más bien de fábula de animales, como las de Esopo y Samaniego. Esta es una historia de avispas que el famoso biólogo evolutivo Richard Dawkins y su (entonces) estudiante Tamsin Carlisle publicaron en 1976 en la revista Nature.

La falacia del Concorde consiste en tomar decisiones económicas basadas en lo que se ha invertido en un proyecto, no en su rentabilidad actual. El nombre de la falacia viene, naturalmente, del famoso avión a reacción anglo-francés de pasajeros que estaba llamado a revolucionar los vuelos interoceánicos. Aunque todo el mundo sabía que era un negocio ruinoso, se mantenía el gasto por lo mucho que había costado ponerlo en marcha y por las ilusiones que se habían depositado en él. Finalmente se decidió abandonar y dar por perdido el dinero. El Concorde, orgullo de la tecnología europea, entró en pérdida (como se dice en aviación) y ya es historia.

A cualquiera se le ocurren ejemplos, incluso en su vida personal, de situaciones en las que lo más racional sería tirar la toalla, pero se sigue adelante para no tener que reconocer, ante nosotros mismos y ante los demás, que nos hemos equivocado. A los políticos también les conviene reflexionar sobre esta falacia, porque la vemos muy a menudo, demasiado a menudo, y el dinero lo ponemos los contribuyentes.

El caso más doloroso, por supuesto, es cuando hay vidas humanas de por medio. Dawkins acuñó para estas situaciones la expresión “falacia de nuestros-muchachos-no-han-muerto-en-vano”. Así es como los estadounidenses fueron acumulando muertos año tras año hasta que se fueron del Vietnam. Por no admitir que unos cientos de jóvenes americanos habían muerto en vano, la prolongación de la guerra condujo a que los muchachos-muertos-en-vano fueran cerca de 60.000.

Por supuesto, no es lo mismo el empecinamiento inútil en la guerra de Vietnam que la determinación de Churchill de no rendirse antes los nazis, costase lo que costase. El problema está en saber si nos encontramos en un caso o en otro.

Los animales también tienen su economía, y las inversiones las hacen en forma de energía y tiempo. Vivir es un negocio de riesgo, porque el fracaso se paga con la vida. Lo que explicaban Dawkins y Carlisle en el artículo de 1976 es que a la hora de tomar decisiones las avispas excavadoras también caen en la falacia del Concorde, es decir, se guían por el esfuerzo invertido. Estas avispas excavan nidos en los que acumulan presas paralizadas (pero vivas) para que se las coman sus larvas cuando salgan del huevo (la naturaleza puede ser muy cruel).

Las avispas excavadoras no saben contar. Los humanos sí, pero parece que también tenemos dificultades para renunciar a lo que tanto sudor nos ha costado conseguir, aunque vaya en contra de nuestros intereses.

Nada de eso ocurre con la inversión en ciencia. Todo lo que se haya gastado en el pasado bien gastado está, y al contrario de lo que pasa en la falacia del Concorde, el error sería no continuar invirtiendo, y a ser posible cada año más que el anterior, hasta que estemos en línea con los mejores países. Entonces podremos decir que generaciones de científicos españoles no se han esforzado en vano. Esto es Churchill, no el Vietnam.


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