A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


Manero

Fernando Manero ha presentado libro en Valladolid. Una brillante miscelanea de semblanzas, pensamientos y paisajes. Un zoológico mineral y humano muy vivido por donde circula su mirada de geógrafo de las pasiones humanas y los latidos del mundo. A Fernando lo recuerdo desde una incierta y agradecida atalaya infantil de tertulias –es uno de los mejores contertulios que jamás haya conocido–, y hermosas películas que grababa con delicadeza y pericia del programa La Clave, que tanto añoramos. Incluso tomaba la precaución de recortar y guardar alguna reseña, para ilustrarlas. Lo veo con la libreta en la mano, anotando los resultados de las elecciones en tiempo real mientras cerca suyo mi padre hacía lo mismo. O de pie frente a una estampa castellana de granito o pizarra, que nos explicaba a los niños con la rara generosidad de quienes saben que el conocimiento que no transmites acaba por pudrirse. Pertenece a esa generación de españoles valientes que dio en ambicionar algo más, algo mejor, que el eterno ajedrez enganchado a la sangre que llamamos España. Gente culta, inteligente, apasionada. Comprometida con un tiempo y un país. Convencida de que iba siendo hora de que Dios atendiera a los muertos mientras los vivos dedicamos los días a algo mejor que masacrarnos. La memoria histórica también es eso y sirve, como las cuerdas, para navegar o ahorrarnos. En fin. Si algo duele del exilio son las ocasiones perdidas. Las oportunidades que ya no tendremos para despedir a quienes amamos. O los raros momentos de celebrar el magisterio de la gente a la que debemos cuanto somos. Que nos educó, nos soportó y nos guió cuando más vulnerables éramos. Este, por ejemplo, aunque me resta el privilegio de abrazar en la distancia y firmar agradecido por tanto. Va por usted, carissimo maestro