Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Rectora de la UEMC. Especialista en Comunicación Política


Miedo

Aprendí de mi hermana Carmen a no subestimar el valor del miedo. A vivir sin esta losa. Porque el miedo bloquea, paraliza y te anula, me repetía. Con esta convicción he crecido porque, efectivamente, el poder del miedo es tremebundo. Te encierra (sin llave). El miedo es un sentimiento básico y ancestral, conectado con la necesidad de supervivencia. Comienza en el cerebro y, cuando el sistema nervioso se encuentra con el endocrino, se convierte en una auténtica bomba de relojería para nuestro organismo. Existen estudios científicos, como el realizado en la Universidad de Uppsala, en Suecia, que apuntan que si se interfiere en la memoria del miedo en el momento justo, y estos recuerdos son recientes, se puede debilitar su impacto en el cerebro. Sería una forma de combatir la problemática de las fobias o la ansiedad. El dominio del miedo es tal que duplica la peligrosidad de lo que percibimos, incluso anticipa situaciones de estrés que pueden no llegar a producirse nunca, distorsionando gravemente la realidad percibida. Es la emoción más difícil de manejar y una de las más dañinas y dolorosas.
Mi hermana, mujer líder y profundamente valiente, lo tenía muy claro. Por eso, me enseñó a ver, a sentir y actuar fuera del miedo. Curiosamente, hace unos días, en el centro de Valladolid, viví un momento duro que me hizo conectar con ella, por distintos motivos, entre ellos, por recordar el peso del miedo. Verán, un hombre permanecía desvanecido sobre su volante, tras sufrir un infarto. Se estaba formando un caos en el tráfico considerable y el frío era terrible (y no hablo solo de la sensación térmica). Entre las cientos de personas que pasaban por allí, se percibía el miedo, tal vez a lo desconocido o a ver la muerte en directo. Algunos -pocos- tratamos de auxiliar a aquel hombre, aunque debo destacar la implicación de dos chicas y un chico (de no más de 25 años), que se desvivieron por él, practicándole incluso un masaje cardiaco (eso hizo que aparecieran sus constantes vitales, aunque finalmente falleció). Hoy, desde estas líneas, mi homenaje a estos tres jóvenes. Sois la vibrante esperanza de la que siempre nace el porvenir. Un ejemplo contundente del bien. 
Tal es el dominio del miedo, que puede servir también para explicar, en parte, los resultados de las pasadas elecciones generales en España. Piénsenlo. El miedo ha sido históricamente un elemento potente en el desarrollo de las estrategias electorales y políticas. Se puede votar por miedo o contra el miedo. Incluso el actual debate que se está incitando sobre la Educación concertada no es más que una manifestación que, en esencia, pivota sobre el miedo. Pero ahora necesitamos justamente lo contrario: avanzar y no sumergirnos en arenas movedizas estériles. Porque la vanguardia y el miedo se repelen. ¡Y  hay que innovar para mover este país! Asimismo, también en el ámbito laboral, el miedo ha sido un modelo clásico de gestión. La guillotina del despido sigue aterrando a muchos trabajadores. Una forma decisiva para bloquear el necesario desarrollo de su talento, lo que no tardará en dañar la cuenta de resultados. Un error de enfoque empresarial abismal. En fin, ¡que claro que hay miedo! Pero siempre será mayor el poder de la verdad. Jamás podré agradecer lo suficiente a mi hermana su pasión por la vida y su lucha contra el miedo. Que no nos ocurra lo que escribía Kafka: “Tiene miedo de morir porque aún no ha vivido”. Que nuestras convicciones reposen siempre sobre nuestra libertad, porque cerca de ella está la felicidad. Gracias, Carmen. Por tanto.