TITULARES DEL FUTURO

Belén Viloria


Evidencias científicas para luchar contra la pobreza

Desde el 2000 la tasa de pobreza extrema se redujo a la mitad, pero aún 1 de cada 10 personas, más del 11% de la población mundial vive por debajo de 1,7 euros diarios. En 2030, 167 millones de niños y niñas vivirán en la pobreza extrema si no actuamos.
Las acciones para combatirlo han venido normalmente desde las políticas gubernamentales y la macroeconomía, pero la gran aportación de los recientes Nobeles de Economía 2019; el indio Abhijit Banerjee, la francesa, además la segunda y más joven mujer a la que se otorga, Esther Duflot, y el estadounidense Michael Kremer, es justo hacerlo al revés; a través de pequeñas pruebas aleatorias sacando a la economía y políticas económicas del laboratorio, desdibujando la línea que separa a la economía del activismo. «La clave está en saber cómo hay que gastar el dinero, no cuánto», escribió Esther Duflot en su libro ‘Repensar la pobreza’. 
El no enfocarse en la desigualdad y redistribución de recursos, como es habitual en la economía del desarrollo, sino en determinar las causas primordiales de la pobreza y diseñar experimentos, e ir probando hasta ver cómo reducir o eliminar las causas en las comunidades que la sufren, un acercamiento científico alejado de la ideología, les ha llevado a desmitificar otras soluciones que, erróneamente, se consideraban efectivas, y a ofrecer soluciones y transformadoras.
Una metodología que también ha diseñado Cruz Roja, la mayor organización humanitaria de voluntarios del mundo, para trabajar in situ en zonas afectadas tras un desastre para asegurar, lo que se llama, una recuperación cercana, o de manera avanzada en España a través de su Modelo de Atención a las Personas, un innovador modelo integral de análisis y valoración de cada persona y su entorno en situación de vulnerabilidad para conocer todas sus posibles causas, por pequeñas que puedan parecer; las visibles y las invisibles. Porque cualquier situación de vulnerabilidad no tiene una única causa, sino múltiples, lo que requiere una valoración detallada y a la vez que conjunta y global en múltiples áreas; emergencias, inclusión social, empleo, salud, educación y medioambiente, para poder capacitar verdaderamente a cada persona para salir de esa situación.
En el caso de los premiados, sus ámbitos de trabajo concretos han sido la salud; vacunaciones y desparasitación, y educación. Por ejemplo, en Udaipur, Rajasthan, el 1% de los niños y niñas estaban completamente vacunados, a pesar de disponer de vacunas y de manera gratuita. ¿El problema? Los padres tenían que caminar kilómetros para llegar al centro de vacunación que no siempre estaba abierto, desistiendo con el tiempo, de volver. ¿La solución? Unas lentejas. 
A través de una prueba aleatoria en 134 aldeas; unas con un centro de vacunación cercano y gratuito, otras a las que se añadió el incentivo de 1K de lentejas por cada vacunación, y otras de control, el centro cercano y gratuito, aumentó la vacunación del 6% al 17%, pero las lentejas un 38%. Es lógico pensar que regalar 1K de lentejas no es sostenible, pero resulta que es más económico que pagar todos los días a un especialista para un centro. El coste por vacuna terminó siendo más barato que regalar el incentivo.
Acabar con la pobreza en el mundo sigue pareciendo inabarcable e interminable, igual que los problemas económicos relacionados con la inmigración, desigualdad, globalización, disrupción tecnológica, desaceleración del crecimiento y aceleración del cambio climático. Este merecido premio nos demuestra que con modelos de intervención empíricos que troceen los grandes problemas sociales y que no asuman lo «lógico» como válido, se crean nuevas ideas que pueden eliminar sus causas y, como consecuencia, llegar a erradicarlos.