Personajes con historia - Blas de Lezo

Blas de Lezo


El héroe rescatado que humilló a la mayor flota inglesa contra la América hispana

Antonio Pérez Henares - 14/06/2021

Una de las razones, la más importante, que alienta esta serie, se encuentra en lo sucedido con el personaje de hoy, Blas de Lezo. Hace tan solo unos años era un gran desconocido para la inmensa mayoría de los españoles. Hay muchos que han escuchado su nombre y diría que bastantes ya tienen cierta noción de quien era y lo que hizo. Y ello, ha sucedido a pesar del contumaz empeño del Gobierno, y ya no digamos de las comunidades autónomas con cum laude para las nacionalistas y adherentes, en conseguir que en la educación se borre nuestra historia y la ignorancia sobre la misma, cuando no la vergüenza, sea lo que quede impreso en nuestros jóvenes.

Resulta que la Historia de España, a pesar de ello o quizás como respuesta creciente al pertinaz atropello, apasiona cada vez más, ¡qué cosas!, a los españoles que desean conocerla y reconocerse en ella como debiera ser normal y lo es en todas las naciones con mínima autoestima. Vamos, que las gentes de a pie restañan lo que la «oficialidad administrativa» hiere y, en cuanto encuentran cauce, sucede lo que ha venido a pasar con el almirante Blas de Lezo. Que se le conoce, se le reconoce, se le admira, se le rinde homenaje y se le muestra con orgullo.

Lo que más se sabe de él es su gesta final, cuando ya tenía el cuerpo destrozado en tantas batallas libradas, tuerto, manco y cojo y parecía irremediablemente condenado a rendir Cartagena de Indias a los británicos y que éstos se apoderara de la gran plaza fuerte, llave de la América Hispana y por ahí invadiera el continente entero. De haberlo conseguido, son muchos quienes consideran que todas aquellas tierras no hablarían hoy español.

Tan seguro estaba el almirante Vernon de lograrlo que cuando creía tener ya en sus manos la presa (1741) envió noticias de la victoria a la corte inglesa, repicaron campanas y hasta se acuñó una moneda proclamando la victoria. La ensoberbecida mentira se constató cuando Vernon hubo de salir de allí con el rabo entre las piernas e informar que lo de tomar Cartagena, ya si eso, para otro año. Pero, no por ello, se restituyó la verdad. En Inglaterra, el rey Jorge ordenó que se borrara toda referencia a la batalla y, en España, como de costumbre, nada se aprovechó de la hazaña. A la postre a Vernon, cuando murió en el año 1757 lo enterraron con honores en la abadía de Westmister mientras que al vencedor, muerto al poco de su triunfo sufrió un castigo póstumo pues, a requerimiento del virrey Sebastián de Eslava con el que mantenía un enfrentada pugna, se le destituyó.

En Colombia, y en la ciudad que defendió no había sido así, siempre se le rindió tributo, con estatua incluida, ante el castillo de San Felipe, el bastión que aguantó la última embestida inglesa y decidió la batalla. Destaca en publicaciones la más reciente del historiador Pablo Victoria El día que España derrotó a Inglaterra.

En España, su memoria se había mantenido entre algunos marinos ilustrados que siempre pugnaron por darla a conocer y fue desde ese rescoldo que permanecía vivo donde historiadores y novelistas comenzaron a popularizar al héroe olvidado. Desde el año 2009, se han publicado nada menos que 14 novelas históricas sobre él, entre las que destaca la de su paisano vasco Alber Vázquez, Mediohombre. Y montados en esa ola llegaron reconocimientos, placas, calles y avenidas en los lugares señalados de su vida. Estatuas también, la primera en Cádiz y aquel mismo año de 2014 la de la plaza de Colón en Madrid, que sirvió como colofón al movimiento de recuperación de su figura. Una fragata de nuestra Armada, antes lo llevaron otros buques, lleva ahora su nombre y hace tan solo un par de años atracó en su puerto natal para rendirle homenaje con mucha visita al barco y alegría de las buenas gentes.

Porque Blas de Lezo y Olavarrieta nació en Pasajes (Guipuzcoa) el 3 de febrero de 1689 y como tantos paisanos suyos proclamó y llevó a gala ser los más leales y eficaces marinos que sirvieron con orgullo al Imperio y a su patria española. Hijo de avezados y notables marinos, pero no el mayor a quien correspondía el mayorazgo, a los 12 años ya estaba embarcado buscando en la mar su senda y en la marina de guerra su lugar.

Lo primero con que se topó fue con la Guerra de Sucesión entre el Borbón Felipe de Anjou, nombrado heredero por Carlos II y, a la postre, Felipe V, y el pretendiente el archiduque Carlos de Austria. Con tan solo 14 años participó en la batalla de Velez-Malaga, primer intento de recuperar Gibraltar, tomado hacía nada por los ingleses, aliados de los austracistas. Acabó con una aparente victoria franco-española, pero sin cumplir su objetivo y, Blas de Lezo, con una pierna menos. Una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, que hubo de serle amputada allí mismo y sin anestesia por debajo de la rodilla para salvarle la vida. ?Fue ascendido, por su valor, a alférez y el rey Felipe V le ofreció ser asistente de cámara en la Corte pero él rehusó y regresó al servicio a bordo. Destinado en el Mediterraneo occidental participó en el ataque y quema del poderoso buque inglés Resolución y la toma de otros dos navíos de línea. El mando de las presas solía entregarse al oficial que lo había logrado y esa fue la primera nave que Blas de Lezo mandó.

Al año siguiente, 1706, le fue encomendada la misión de abastecer a los sitiadores de Barcelona, en manos del pretendiente don Carlos y, para ello, hubo de salvar el bloqueo de los navíos ingleses aliados suyos que burló una y otra vez y, además, logró incendiar a varios de ellos. Sin conseguir tomar la ciudad en esa ocasión, Lezo fue destinado a la fortaleza francesa de Tolón. Al ser esta atacada por una flota al mando de Eugenio de Saboya, el impacto de un cañonazo en la fortificación hizo que una esquirla le reventara el ojo izquierdo.

Tres años más tarde, era ya capitán de fragata y fue entonces cuando tuvo lugar su célebre hazaña de la captura del famoso buque británico Sthanhope y ya como capitán de navío, al mando del Campanella fue cuando participó en el definitivo asedio de Barcelona con el que impidió el abastecimiento de la ciudad y la bombardeó. En el curso de aquellos combates, es cuando un balazo en el antebrazo derecho le dejó ese miembro sin movilidad durante el resto de sus días. Tenía 26 años y estaba ya tuerto, cojo y manco. Su última misión en aquella guerra fue su participación en la reconquista de Mallorca que se rindió sin oponer resistencia en 1715

Los años siguientes los empleó en limpiar de corsarios los accesos marítimos de La Habana que hostigaban a los mercantes para luego volver a España y afincarse en Cádiz, pero no tardó en regresar a ultramar. Entre los años 1723 al 1729, mandó la flota virreinal del Perú y acabó con la piratería.

Fue allí cuando se casó en 1725 con una limeña de la alta sociedad criolla y 20 años más joven que él, Josefa Pacheco de Bustos y Solís. Sus hazañas, por aquellos mares, se sucedieron; primero, apresó a la nao Capitana de una flota neerlandesa de cinco barcos que le superaban en potencia de fuego y, no mucho después, se apoderó de la totalidad de una flota inglesa de seis, de los cuales se quedó tres para la escuadra virreinal.

Sus éxitos, algo también habitual, no le trajeron reconocimientos sino celos del nuevo vierrey y, en el año 1730, regresó a España trayendo con él a su mujer y a sus dos hijos mayores, Fernando, quien luego sería marqués de Ovieco y Josefa. Los otros cinco restantes nacieron ya en España.

Nombrado jefe de la escuadra del Mediterráneo es cuando consiguió una de sus hazañas mayores. Nada menos que los banqueros genoveses devolvieran el dinero de la Hacienda Española que guardaban en sus bancos. Hubo que amenazarlos con bombardear la ciudad. Una cuantiosa cifra de dos millones de pesos que se emplearon al año siguiente en la recuperación de la plaza de Orán, que se había perdido en la Guerra de Sucesión.

La conquista fue casi más fácil que conservarla después, pues Bey Hassan, el derrocado señor se alió con el Bey de Argel y, tras sitiarla y derrotar a las tropas que intentaron una salida, estuvieron a punto de tomarla. Pero volvió a aparecer Blas de Lezo y, tras desbaratar a nueve naves argelinas que intentaron no dejarle llegar a abastecer la plaza, se lanzó contra la flota enemiga, la desperdigó y acosó a sus buques mejor armados en sus propios puertos hasta apoderarse de su Capitana.

Nombrado teniente general se le encomendó el mando de la última flota de galeones que partió del Puerto de Santa María, donde se había establecido con su familia, realizando la singladura en 1737 y llegando sin contratiempos a Cartagena de Indias.

Allí, regresaría aquel mismo año ya como Comandante General y, cuatro años después, protagonizaría su gran gesta, tras haber iniciado Inglaterra una nueva guerra contra España en la suposición de que no les sería difícil obtener beneficios dada su ventaja ya en el mar. La famosa guerra de la Oreja de Jenkins, un contrabandista apresado por un capitán español, Juan de León Fandiño, a quien éste le cortó una oreja al tiempo que le advertía: «Aquí está tu oreja: tómala y llévasela al rey de Inglaterra, para que sepa que aquí no se contrabandea».

Desde allí, le envió un petulante mensaje a Blas de Lezo diciéndole que se dirigía hacia él y que mejor hiciera lo del comandante de Portobelo y se fuera rindiendo. Lezo le respondió: «Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su merced insultado impunemente las plazas del rey mi señor porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía».

Vernon llegó a Cartagena de Indias con 186 barcos y 2.000 cañones, entre navíos de guerra, fragatas, barcos cargados de explosivos incendiarios y buques de transporte, 23.600 combatientes entre marineros, soldados y esclavos macheteros de Jamaica, más 4.000 que llegaron desde Virginia bajo las órdenes de Lawrence Washington.

? Lezo contaba con 3.000 hombres entre tropa regular, 1.700 y 500 milicianos, más 600 indios flecheros traídos del interior así como la marinería y tropa de los tan solo seis navíos de guerra de los que disponía la ciudad, el Galicia, la Capitana, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador.

El inglés desembarcó, tras forzar la entrada, en la bahía el 1 de abril, emplazó su artillería y comenzó a tomar sus fuertes. Uno tras otro fueron cayendo hasta que solo quedó San Felipe. Además, se creyó ya vencedor y envió a Londres su fragata más veloz, la Spencer, con dos oficiales españoles capturados y la insignia de la Capitana de Lezo, que este había hundido.

Cuando la nueva llegó a la capital británica se desató la euforia «se dispararon salvas desde la Torre de Londres, las campanas de las iglesias se echaron a volar y la victoria fue celebrada con iluminación general y fuegos artificiales». El Parlamento hizo acuñar las monedas con Lezo arrodillado con ambos ojos, brazos y piernas sanos, le hicieron ese favor, entregando su espada al almirante inglés. En el anverso, junto a las imágenes del supuesto vencedor figura esta inscripción: «El orgullo de España humillado por el almirante Vernon» y en el reverso se remacha con esta otra: «Auténtico héroe británico, tomó Cartagena en abril de 1741».

Pero no había sucedido para nada así. Cierto que la caída parecía inminente, que solo resistía San Felipe, pero los ingleses perdían cada vez más hombres y cuando tras machacar la fortaleza con todos sus cañones, desde tierra y desde el mar, se lanzaron al definitivo asalto, el día 20 de abril, este fracasó y se convirtió en una matanza. Lezo había ordenado excavar en los fosos y las escalas preparadas no alcanzaban la necesaria altura. La carnicería fue tremenda.

El desánimo se apoderó de los ingleses. Vernon desistió. Reembarcó, incendiando, incluso, algunos barcos, perdió cerca de 20, pues sus cuantiosas bajas le impedían dotarlos de tripulación, dejando atrás más de 4.000 muertos.

Pero remitió a Lezo otra petulante carta. «Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, tras reforzarnos en Jamaica». El almirante español respondió con ironía : «Para venir a Cartagena, es necesario que el Rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta solo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres».

 Cartagena de Indias se había salvado, y se mantendría en la Corona de España hasta la declaración de independencia y el continente sigue hablando, y se dice que mejor que en ningún lugar del mundo, el español.

Blas de Lezo ya estaba enfermo, unos dicen que por heridas sufridas y otros de unas fiebres. Murió el 7 de septiembre de 1741 y fue enterrado sin boato y con penuria en el convento de San Francisco. Al poco de fallecer, llegaría desde España, a instancias del Virrey, su destitución y la orden de regresar para ser reprendido. Su familia habría de esperar casi 20 años, a que se restableciera la verdad y su honor. El rey Carlos III, ya en 1760, compensó a su hijo mayor, Fernando , por las acciones de su padre, nombrándolo marqués.