LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Vértigo

La polémica del Brexit son los árboles que nos impiden ver el bosque. Para los británicos el tema tiene su enjundia y algún día serán conscientes de que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, han tomado todas las decisiones equivocadas. Dejaron de ser un imperio hace décadas y han optado por la protección del Estado frente a la responsabilidad individual. Ni siquiera Margaret Thatcher fue capaz de cambiar el rumbo porque añoraba un lugar en el mundo ya pasado.

Lo inexplicable es la complacencia que envuelve a la Unión Europea, ignorando las consecuencias futuras de una épica ruptura. En un divorcio, es patético sobrellevar la ruptura con dignidad por el daño que sufre el otro, cuando en el fondo ambos pierden. Es pronto para saber cuál va a ser el coste económico para el continente y la fractura política va a ser enorme.

Toda la ilusión que iluminó el proyecto se cimentó en las cenizas de una Europa desolada y ahora necesita una nueva guía que dé sentido a este esfuerzo colectivo. No consiste en más Europa, si entendemos como tal una mayor regulación o asfixia burocrática.

Necesitamos recordar para qué fue construida. Su creación buscaba defender la libertad, atacar el nacionalismo revanchista y fomentar la solidaridad continental. Una corta frase que ahora mismo la Unión Europea olvida. La invasión rusa de Crimea, la ocupación del este de Ucrania y las amenazas a los países Bálticos han provocado una tibia reacción de Bruselas. Ni siquiera Alemania, con su reciente pasado, ha sido capaz de paralizar el gaseoducto ruso que elude a todos sus vecinos para proveerse de energía.

Desde el Parlamento europeo se defiende la pluralidad de las regiones, mientras se debilita a los Estados dando cobertura a independentistas y secesionistas; la euroorden es el vivo ejemplo de un fracaso.

Y el Euro, como la unidad bancaria, ha dado la puntilla al proyecto porque todos hemos podido comprobar que los criterios nacionalistas se han impuesto a las soluciones pragmáticas que son menos dolorosas socialmente.

Cada país miembro de la UE es demasiado pequeño para este mundo globalizado pero la desafección del Brexit es un aviso que nos indica que el proyecto europeo no es tan sólido. La pérdida de soberanía, la inmigración y la homogeneidad impuesta generan rechazo, aunque los políticos europeos se limiten a afirmar que el referéndum fue políticamente irresponsable. Una democracia que ignora la voluntad popular está enferma y la Unión Europea debería saberlo.