DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Un trágala sorprendente

El presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, ha ordenado a los miembros de su gabinete que pateen la Comunidad, su 'auténtica oficina' a partir de ahora. Pero si para los consejeros es conveniente profundizar en el conocimiento del territorio, qué se puede decir a quien el PP ha elegido para que represente a Castilla y León en el Senado. Javier Maroto, vasco de nacimiento y de trayectoria política y profesional, formado en la Universidad de Deusto, ha sido impuesto por su jefe de partido para ocupar un escaño en el Senado, el que le corresponde al PP en representación de las Cortes de Castilla y León. Para cumplir con los requisitos legales, Maroto ya se ha empadronado en algún lugar de Segovia. Al menos no ha tenido la desfachatez irónica de fijar su residencia legal en Treviño, no fuera a interpretarse su empadronamiento como movimiento troyano de invasión.

El trágala de los populares de Castilla y León resulta sorprendente. Ni una sola voz se ha alzado contra el dedo dictador de Casado. En la estacada ha dejado a personas de gran relevancia, con un amplio conocimiento de esta tierra y, además, con probada trayectoria de lucha y dedicación por su progreso. Se han citado estos días aspirantes como Antonio Silván o Pilar del Olmo, que sin duda habrían ocupado el sillón del Senado con Castilla y León en la cabeza y en el corazón. Avala a Silván el conocimiento de casi 25 años vinculado a la administración de Castilla y León, doce como consejero de Fomento o de Medio Ambiente. Nadie como Pilar del Olmo conoce las necesidades de esta tierra tras haberse encargado de las Consejería de Hacienda o Economía desde el año 2003. Pero si el Senado es el lugar para acomodar a los amigos desahuciados que se quedan sin sueldo público, nada que objetar. Solo que sobra el Senado.

Muchos recordarán la reivindicación permanente de Juan José Lucas y Herrera de esta tierra como “granero de votos” del Partido Popular. Una contribución cuyo peso convierte, si cabe, en más escandalosa la afrenta.



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