A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


Aquellas banderas

11/01/2020

Algunas tardes me da por recordar aquellos 1 de mayo. De cuando éramos unos críos y el Campo Grande hacía frontera verde con lo desconocido. Salíamos a la calle en una riada más bien modesta de banderas coloradas y puños en alto. Las centrales sindicales, cuando todavía gozaban de prestigio, cuando nadie había olvidado el papel jugado durante la dictadura por héroes como Marcelino Camacho, cuando no dependían de las subvenciones del nacionalismo xenófobo (perdonen el pleonasmo), conservaban un prestigio, una voz, un lugar en el mundo. Los llamados compañeros de viaje aprovechaban para saborear el último o penúltimo naufragio de un mundo distinto al que soñaron y también mucho mejor al que habían padecido. Los sindicatos todavía velaban por algo más que la pensión de sus dirigentes y las prerrogativas de cuatro liberados. En la televisión Joaquín Sabina y Víctor Manuel, Francisco Umbral y Paco Ibáñez nos animaban con la evidencia de que podíamos ser pocos y nuestros anhelos un envite muerto, pero carajo, teníamos de nuestro lado a algunos de los mejores. Con los años y las derrotas sucesivas, terapéuticas, indispensables, aprendimos a soltar lastre. Nos reconciliamos con la realidad. Colocamos todo aquello en la hornacina correspondiente, con un pellizco de nostalgia por lo que fuimos y un alivio evidente al constatar que renunciamos a las explicaciones y certezas con perfume teleológico. Lo que nunca imaginamos, y cuando digo nunca lo escribo a conciencia, es que la izquierda, lo que entonces llamábamos la izquierda, acabaría colonizada por los sujetos más estrafalarios y ridículos posibles, dirigida por los de la manifestación alternativa, la de Doris Benegas y la izquierda castellana, o que con el paso del tiempo la peña cambiaría la razón en marcha por el culto al detritus sentimental y la lucha de clases por el culto a las identidades nacionales y emocionales. En la transición que va de Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey a Juan Carlos Monedero y afines perdimos mucho más que neuronas. Sentido del ridículo, para empezar. Que no es poca cosa en política (recuerden a Tarradellas).