31 de marzo de 2019. Es una fecha que logró hacer historia en el mundo rural, fue el día en el que más de 50.000 personas de más de una veintena de provincias de España afectadas por una progresiva –en algunas muy acusada– pérdida de población se manifestaron en Madrid. Pese a que numéricamente queda muy lejos de ser incluida en el ranking de las grandes movilizaciones vividas en la villa y corte madrileña –ya solo la celebración de títulos del Real Madrid reúne más personas– el objetivo de hacerse visible ante el resto del país se cumplió con creces. Por primera vez en mucho tiempo, el abandonado mundo rural ocupó grandes espacios informativos en todo tipo de medios. Periódicos de tirada nacional, cadenas de radio y de televisión generalista de todo el país ofrecieron una cobertura extraordinaria a esta protesta social. Y no solo de la manifestación del día 31, sino que comenzaron a poner el foco en el problema desde varios días antes. Sin duda, un éxito. 
El próximo martes se cumplirán cien días de esta especie de pica en Flandes y cabría preguntarse qué ha quedado de aquella gesta que hizo que miles de urbanitas que viven su día a día rodeados de ladrillo y que respiran las impurezas propias de las grandes ciudades empatizaran con ellos y sintieran, al menos, curiosidad por esa protesta tan inusual. Por ir avanzando en la conclusión, ya anticipo que poco. Apenas faltan unos días para que Castilla y León tenga un nuevo Gobierno autonómico y todo apunta a que, por ejemplo, lo concerniente a la lucha contra la despoblación será un mero apéndice de una consejería; le añadirán la coletilla de ‘desarrollo rural’ o algo por el estilo y asunto resuelto. Como si en anteriores gobiernos no hubiera existido ya una dirección general de la cosa y no hubiera sido suficiente para darnos cuenta de lo poco para lo que ha servido. Tanta negociación y tanto pacto durante el último mes entre Partido Popular y Ciudadanos para que el más grave de los problemas que tiene Castilla y León –dicho por ellos mismos, los políticos– pueda quedar ventilado en una coletilla de entre las diez consejerías en las que se dividirá el próximo Gobierno de Castilla y León. Bien es cierto que quizá en los próximos días el pudor gane al ridículo, que el cumplimiento de los cien días remueva conciencias ante tal desdén y que así se plantee de manera urgente, al menos, una viceconsejería que a día de hoy no está prevista. 
Dado que el famoso cuaderno azul de José María Aznar pasó a mejor vida dando al traste con el hermetismo en los nombramientos de la época, a partir de la firma del pacto de Gobierno entre PP y Ciudadanos se van conociendo algunos detalles del próximo Ejecutivo de coalición que liderará Alfonso Fernández Mañueco. Ya se sabe, por ejemplo, que la próxima Junta tendrá una Consejería de Transparencia y Regeneración, cuyo titular será su socio Francisco Igea. Y que estará dotada de una viceconsejería para tratar específicamente esta materia. No seré yo quien ponga en duda la necesidad de que los gobiernos vayan adaptando sus estructuras a los tiempos, de manera que si la regeneración y la transparencia se considera una prioridad pueda tener su espacio propio, con mayúsculas. Ahora bien, si la necesaria regeneración exige una consejería por ser identificada como un problema importante, ¿qué no exige la lucha contra la despoblación? 
La respuesta más previsible desde el entorno del próximo Gobierno es que este problema se abordará de manera transversal, desde cada una de las consejerías con actuaciones específicas en sus campos. Es decir, como se supone que ha sido siempre y con los resultados por todos conocidos. Si ni siquiera Valladolid, el principal polo económico de la Comunidad, se salva de la pérdida de población y debe celebrar como un éxito que en el último año haya perdido solo un 0,1% de habitantes frente al 1,9% del último lustro... En este ejemplar de El Día de Valladolid puede comprobarse que ni una sola provincia de Castilla y León ha estado en los últimos cinco años en disposición de aportar un saldo positivo de población a la Comunidad. Muy al contrario, provincias como Zamora han perdido en solo doce meses un 1,2%, porcentaje que se dispara al 7% en el cómputo del último lustro. De toda la ‘España vacía’, León, Zamora y Ávila arrojan datos más que preocupantes. Los de Segovia, Salamanca, Palencia y Soria son para no descuidarse mucho, y sólo Burgos y Valladolid presentan signos de que permiten pensar en un futuro mejor. Claro está, siempre que se actúe con determinación. De acuerdo a lo escuchado en campaña electoral, sobre todo cuando todos los partidos se subieron al carro de la manifestación del 31 de marzo en Madrid, qué menos que pensar durante este tiempo en que el Gobierno que surgiera de las urnas favorecería una estructura fuerte para la lucha contra la despoblación. Sin consejería propia es difícil que ocurra. Y eso que es el principal problema de todas las provincias de Castilla y León. ¡Ah, no! que es la transparencia y la regeneración. Menos mal, el mundo rural ya puede respirar tranquilo.