PLAZA MAYOR

Maite Rodríguez Iglesias

Periodista


El peligro de la uniformidad

La ficción distópica orwelliana de la uniformidad se hace cada día más real. No es solo que se evolucione hacia una uniformidad de opiniones en la sociedad actual, como visionariamente ya auguraba el escritor inglés  en su novela 1984, sino que se camina a pasos agigantados hacia la ausencia de la identidad personal, pero también en muchos casos de la colectiva. No es un fenómeno nuevo. De hecho, la humanidad se ha debatido desde hace siglos entre la tendencia a instaurar la unificación y la apuesta por mantener la diversificación, en una evolución contradictoria que, sin embargo, puede y debe ser complementaria. 
Un ejemplo de esa diversificación cultural es la que se auspicia en el bar El Penicilino, que cerrará sus puertas definitivamente el próximo mes de febrero. Este emblemático establecimiento, que ha ido evolucionando y readaptándose a la circunstancias sociales en sus 150 años de historia, no podrá finalmente superar la presión inmobiliaria y los lícitos intereses económicos de los propietarios del inmueble que lo acoge. El Peni es uno de los bares con más intrahistoria de Valladolid, uno de los pocos clásicos que han conseguido pervivir en el tiempo, manteniendo su encanto original y ofreciendo el reclamo de su clásico ‘penicilino’, una fórmula familiar que se traspasó de generación en generación, y que se acompaña de otro producto clásico vallisoletano:  los mantecados de Portillo, conocidas allí como ‘zapatillas’.
Pero el elemento diferenciador de este local, el que lo aleja de la uniformidad de las franquicias o los bares ‘de diseño’ que proliferan por la ciudad es su conexión social, la vinculación que ha conseguido mantener con sus clientes a lo largo del tiempo y la capacidad para sentar en sus mesas o en su terraza a todo tipo de personas y personajes. Un universo heterogéneo, donde lo particular y las particularidades se celebran e incluso se potencian. Y precisamente esa conexión social es la que ha motivado el inicio de una recogida de firmas para salvar este emblemático local, que muchos consideran que se ha convertido en una seña de identidad de la ciudad. El deseo de que la Junta de Castilla y León pueda declarar El Penicilino Bien de Interés Cultural (BIC) es un tanto utópico, pero se basa en la lucha por mantener «identidad cultural» colectiva propia de esta ciudad.