Nuria Geijo

Pedagoga de apoyo, logopeda y psicomotricista. Directora del Centro Exprésate


¿Estamos condenados a desaparecer?

23/08/2020

Siempre que tengo ocasión dejo a mis pensamientos volar. Me quedo observando cómo se van sucediendo uno tras otro. Me encanta hacerlo. Hoy, precisamente, es uno de esos días en los que andaba yo absorta en mi cabeza cuando me llegó el recuerdo de una conversación reciente con el hijo de una amiga, con el que me une una gran amistad. Me confesó que había tenido su primera relación sexual con una chica, que por cierto, era la novia de otra chica de su instituto. Y digo bien, de otra chica.
Al decirme esto me sonreí y solo le pregunté cómo había ido todo a lo que me respondió: «Bien, solo que sujetar al tiempo el teléfono para escribir era un poco complejo». Tras su respuesta, me quedé estupefacta y sin entender nada. Inmediatamente me explicó que había sido por Whatsapp y fue en ese instante que se me puso el vello como escarpias.
¡De manera que nuestros jóvenes tienen sexo por primera vez en pareja detrás de una pantalla! Esto es muy habitual al parecer, así no hay que pasar vergüenza admitió, mis colegas también lo hacen, terminó diciendo.
Si bien es cierto que los adultos son partícipes de estas nuevas formas de erotismo y satisfacción carnal, me resulta preocupante que nuestros jóvenes le estén dando prioridad a llevarlo a cabo de este modo tan solitario y sin contacto físico. Si valoramos lo que aporta un encuentro humano, hablando en términos de superación personal al ser capaces de afrontar miedos y adquirir seguridad en uno mismo a través del encuentro con los demás o de poder empatizar con la pareja si es ella quien requiere de más cuidados o atenciones, encuentro que a través de estas tendencias se está suprimiendo una enorme vía de conocimiento válido para la vida.
Si a esta situación tan atípica, le sumamos la facilidad de acceder al porno virtual a edades escandalosamente precoces, en la que nuestros niños desde prácticamente los 8 años ven escenas de un contenido sexual fuerte y para el que no están preparados ni son capaces de asimilar adecuadamente por su inmadurez, van poco a poco acostumbrándose a situaciones que después exigirán a sus parejas, cuando estas no serán probablemente capaces de hacerlo al menos con un mínimo de conciencia y pasará a ser un acto puramente carnal, banal y mecánico o van a centrarse en la autocomplacencia estimulados por las imágenes y sonidos recibidos a través del frío de las pantallas. 
¿Dónde queda en todo esto la relación humana? ¿En qué se está convirtiendo un encuentro íntimo? ¿Pueden hacerse a la idea de lo que esto tiene como consecuencias a medio plazo?
De seguir en esta línea, los ecologistas no van a tener que preocuparse más por los recursos de la tierra y de que nos lleguen para todos. Nos encargamos nosotros de ir progresivamente desapareciendo y deshumanizando.
Me pregunto qué consecuencias tiene para nuestros jóvenes la educación sexual a la edad de 10-12 años, que imparten en los colegios, cuando aún deberían estar desarrollando sus cerebros y extremidades. La prisa por mostrarles, por enseñarles, ¿no irá de la mano de una provocación e incitación a una iniciación precoz, respaldada por la libertad de aborto y el uso a discreción de píldoras anticonceptivas o del día después? Cuanto menos es controvertido y desproporcionado el lugar que se le otorga a algo que debería nacer de modo natural, sin tapujos con una educación ciertamente, pero más allá de enseñar a los niños a ponerse un preservativo o a las niñas a invitarlas a meter hormonas en su cuerpo qué curiosamente en muchos casos causan infertilidad a la largo plazo. De nuevo pienso que se pierde el lado más humano y sensible de este acto que se conquista con los años y el afecto y no con posturas de contorsionista. 
Al parecer el alcohol y el tabaco tan en boga entre nuestros jóvenes. y que también está autorizado y es legal en nuestro país, junto al estrés al que estamos sometidos y del que somos presas fáciles, son a su vez factores decisivos a la hora de engendrar. 
Si le añadimos a la lista la legalización del aborto y la maternidad tardía, que en muchas ocasiones es tanto que no se puede consumar. 
Jóvenes estresadas en ascenso loco hacia puestos de trabajo que les permitan mantener a sus hijos con un sueldo digno. Hijos que de tanto retrasar su concepción, ya solo tendrán tiempo para tener uno o ninguno.
No debemos obviar la variedad y multitud de identidad de géneros con los que en estos tiempos podemos sorprendernos. Pasan de lo convencional a lo más inesperado, siendo personas que, si bien es cierto, están encontrando el lugar y reconocimiento que merecen en la sociedad, presentan dificultades para afrontar la paternidad de forma natural.
Sumando y sumando llegamos al final de la reflexión de hoy sin olvidarnos de la suma exponencial del aislamiento social al que últimamente nos vemos obligados a mantener y que parece vino empujando con fuerza para hacerse hueco entre nosotros.
Visto desde este ángulo, la desesperanza crece en la medida que decrece nuestra población.