DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Aniversario

26/02/2021

La Ley Orgánica del Estatuto de Autonomía de Castilla y León cumplió ayer 38 años, sin celebración oficial debido a la pandemia, y todavía andamos a vueltas sobre la configuración territorial. Parece evidente que algo se hizo mal y que en tan largo periodo de tiempo no se ha sabido enmendar. El sentimiento de pertenencia de los ciudadanos a la comunidad autónoma es nulo, deficitario en todo caso, y cuando no, hostil. Sin ánimo de ser transcendental se puede convenir que las deficiencias que arrastra la criatura estuvieron en el parto.
La mitad de la población actual de castellanos y leoneses no habían cumplido los diez años cuando en España se fraguó el llamado Estado de las Autonomías, así que no es de extrañar que mucha gente tenga vagas referencias de lo que ocurrió.
Inicialmente, tras la muerte de Franco, el Gobierno optó por dar respuesta a las exigencias independentistas de vascos y catalanes sin romper España. Como es natural, el resto de los españoles no querían ser menos y también reclamaron su autonomía. En realidad la reclamaban los políticos de oficio y beneficio, quienes veían en las soflamas identitarias tierra fértil para medrar. En Castilla y León no inquietábamos, como es tradición, así que se nos despachó en el año 1978 con un Real Decreto por el que se creaba la Preautonomía, ente tan confuso que ni siquiera definía el territorio y sumaba Cantabria y La Rioja a las nueve provincias actuales. El desbarajuste no quedó ahí. En León, por ejemplo, Martín Villa consiguió que las corporaciones de la Diputación y municipales optaran por la autonomía uniprovincial. Su dictatorial cambio de criterio posterior por «razones de Estado», corrigiéndose a sí mismo ante el pasmo general, le colocaría en el papel de traidor, paradójicamente dando alas a un leonesismo que él mismo había promovido involuntariamente. No existía. Una exaltación localista repercutida en provincias como Burgos o Segovia, agravada por la suma inconsciencia de prometer lo que no se pensaba cumplir, el reparto de sedes.
Se ha practicado profusamente la política del patadón hacia adelante. Salir del paso. Luego, ya veremos. 



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