TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


El quinto vicepresidente (o el primero, a saber)

14/01/2020

De la ciertamente insulsa comparecencia -por fin, algo es algo- de Pedro Sánchez ante los periodistas yo sacaría un titular que no corresponde ciertamente a lo informado por el presidente: el número de vicepresidentes es más bien cinco que cuatro. Y este quinto, que no figura en el organigrama del Consejo de Ministros, podría incluso ser el vicepresidente primero, tal es la magnitud de las atribuciones que recibe, superiores a las de muchos nuevos ministros. Y sí, me refiero, desde luego, al jefe del Gabinete presidencial Iván Redondo, que, a sus muchas tareas actuales no escritas, suma ahora la secretaría de Estado de Comunicación y una nueva oficina de prospectiva y estrategia "para preparar el futuro". O sea, lo que se había reservado para sí otro vicepresidente, Pablo Iglesias, que no creo que esté demasiado contento con el auge del valido de La Moncloa. "Aquí, quien ha ganado la investidura ha sido, en realidad, Iván, a quien todo le sale redondo (más o menos)" me comentaba ayer, chusco, un diputado socialista.

Cierto que los validos eran cosa del siglo XVII, con los austrias menores, y que ahora algunos remedos del conde duque de Olivares se llaman asesores, jefes de Gabinete o directores de prospectiva. Pero mucho me temo que esa agenda 2030 cuya insignia hace dos días se colgó de la escasa solapa el vicepresidente Iglesias va a tener mucho más que ver con Redondo que con el líder de Podemos. Y así, muchas otras cosas. Coordinar al ejército de Pancho Villa va a requerir mucha sabiduría y mucha paciencia y dedicación, virtudes que no he detectado aún en el inquilino de La Moncloa.

La rueda de prensa presidencial, si estuvo montada por Redondo -que supongo que sí- fue simplemente correcta: salvó los muebles, no hubo sangre a cuenta de la nueva fiscal general del Estado y logró el presidente que pasara como inadvertida su afirmación de que ahora las negociaciones con otras fuerzas son públicas, lo cual es patentemente inveraz. Lamenté mucho no haber podido acudir a este encuentro en La Moncloa, pero me quedé con las ganas de saber si el presidente ha tenido o no algún contacto telefónico con el encarcelado Oriol Junqueras, que es el que manda aquí, y en qué sentido. Se le preguntó mucho por la subida de las pensiones -lo que está bien- y por el salario mínimo interprofesional -también bien--, pero poco, y él respondió nada, sobre la marcha de los acuerdos bajo la alfombra con ERC. Decir que estas negociaciones son transparentes, que lo dijo, es como decir que la ex ministra de Justicia y nueva fiscal general del Reino es independiente, que también lo dijo, sin alterar un milímetro el gesto.

Nada tampoco sobre el caos en la Justicia, ni sobre qué ocurrirá con los servicios secretos o con quién piensa pactar la renovación del poder judicial. No fue, en suma, una comparecencia para explicar las cosas que desconocemos, sino para quitarse de encima, además con elogios que sonaban falsos como una moneda de tres euros, a los pelmas de los periodistas, que ya se sabe que siempre quieren estar haciendo preguntas, esta vez no tan incómodas, por cierto.

Bueno, la verdad es que salió del paso a base de prometer que mucho, que dialogarán más, incluso con Torra -y también, lo admito, me parece correcto que lo haga: qué remedio-- y a base también de pasar la mano por el lomo de los chicos de la prensa. Le queda mucho por hacer y me dio la impresión -vi el acto en directo, naturalmente, desde un plató de televisión- de que tiene poco clara aún la hoja de ruta: natural, si todo el trabajo lo ha hecho para asegurarse, con quien fuera, la investidura.

Tampoco se le preguntó, por cierto, si duerme bien. Quizá haya que esperar un par de meses con sus extraños compañeros de cama para preguntárselo. O hasta la próxima rueda de prensa, quién sabe cuándo.