Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


La generación calicata

02/08/2020

Me sigue emocionando recordar la expresión de añoranza que tenía mi padre meses atrás, en plena pandemia, por no poder sembrar esta pasada primavera su huerto de la montaña palentina como lo ha hecho, junto a mi madre, prácticamente toda su vida (por devoción e, incluso, después de jubilados). Pero, claro, los tiempos para sembrar son los que son. No se pueden alterar. O la tierra está bien preparada, en su momento exacto, o no hay fruto. Respetar las épocas para acondicionar el terreno, permitiendo que se oxigene y se nutra, para asegurar una gran recolecta, es una labor de precisión solo en manos de mujeres y hombres tan hábiles y sanos de conciencia como los productos que cosechan. Soy consciente de que la principal motivación de mis padres al sembrar ese huerto estaba en la generosidad que podían desprender a través de él. Al fin y al cabo, nuestro altruismo es nuestra trascendencia. Una actitud que, en tiempos delicados, debe redoblarse para estimular el porvenir. Hay que mojarse, con toda la intensidad. Eso es lo que hacen los profesionales tan decisivos como el campo más fértil. Y, justamente, eso es la calicata: la exploración del suelo para encontrar la mejor tierra, en la que poder localizar minerales, plantar soberbios viñedos o edificar muros resistentes. Calicata para construir con fiabilidad. 
Y es que esta época, como ocurre en todos los ciclos de crisis, es una ocasión idónea para evaluar nuestras prioridades, rescatar propósitos y testar la naturaleza de nuestros principios. Para ello, empecemos por situar a los mejores expertos (que normalmente destilan una humanidad brutal), en las posiciones más determinantes. Saber lo que hay que hacer en cada momento y hacerlo bien es, hoy por hoy, la única dinámica del éxito común. Una dinámica aplicable a cualquier ámbito (político, social o empresarial). Advertir qué tierra hay que sembrar, cómo hacerlo y remangarse (gran clave diferenciadora), persiguiendo el triunfo general, es precisamente el sentido del liderazgo. Necesitamos lucidez, potencia y táctica. Urgen dirigentes con una gran capacidad para discernir (igual que la calicata discrimina la buena tierra de la que no lo es). Por eso, ¡bendita la entereza de la generación calicata! (la de nuestros padres y abuelos). Una generación en la que nosotros y nuestros hijos deberemos detener la mirada, con más pasión y rotundidad, para ser capaces de articular lo que ellos han demostrado: la fortaleza de perseverar sobre sus sueños. 
Para lograrlo, no podemos cometer el error de pretender una vida inmóvil. Eso sostiene el escritor Frédéric Beigbeder: «deseamos que el tiempo se detenga, que nada muera para acomodarnos a una perpetua infancia y así levantamos muros para protegernos», nos dice. Pero, advierte, «son esos mismos muros los que un día se convierten en cárcel». De hecho, educar para que nuestros jóvenes desaten el pensamiento inmóvil, limitador del talento, es uno de los retos formativos indispensables. Desde la Educación debemos también labrar el porvenir (conviene no olvidarlo). Fíjense, hace unos días observaba a mi padre, con sus 84 espléndidos años, sentado entre sus árboles frutales, contemplando -con bastante melancolía- ese terreno sin sembrar. No fue esa tristeza la que más me conmovió, sino la ilusión invencible que sigo advirtiendo en sus ojos de poder hacerlo, una vez más, la próxima primavera -que llegará-.  Desde estas líneas, mi homenaje a ese huerto sembrado tantos años. A toda una generación de valientes. Su integridad es hoy el rastro del camino a seguir. Y nuestra mayor fortaleza. Como esa semilla que brota porque ya no puede esperar más para abrirse a la luz.