Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Rectora de la UEMC. Especialista en Comunicación Política


Invencibles

Debo reconocer que me fascina descubrir personas que han construido su relato de vida sobre la nobleza. Es un valor espléndido, fructífero y estratégicamente innovador. Hace 56 años por estas fechas, Martin Luther King pronunció, durante la Marcha en Washinghton por la libertad, su mítico discurso I have a dream. Soñar en voz alta, desde la potencia emocional e intelectual de este líder, es un motor de inspiración permanente. Fundamentalmente, para no interrumpir nuestra lucha por lo justo, que es hoy la mayor conquista. Soy consciente de que apostar por construir esperanza no es nada fácil. Pero nos define. A nosotros y a cualquier organización. También se supone que la nobleza es la esencia de la política (hoy tiene bastantes grietas, pero su naturaleza es inquebrantable). Desde luego, todo aquel que ejerce una responsabilidad y se aventure a ignorar este valor, correrá el riesgo de convertirse en una especie de trilero, sin mayor recorrido. Y todo lo que toque correrá la misma suerte. 
De la política y de la vida en general conversaba hace unos días con Isidro Fernández, que con sus 94 años es todo un referente en el pueblo leonés de Prioro. Hombre íntegro donde los haya, generoso y lúcido como pocos. Formó parte de esa generación de niños pastores que tuvieron que afrontar muchas penurias en tiempos muy difíciles para la subsistencia familiar. No fue una niñez idílica, pero él la recuerda con dulzura (cuenta que su rabadán, Crescencio Escanciano, hombre de profundos valores, tuvo mucho que ver en cómo afrontó este periplo). En su infancia ya comenzó a barruntarse su nobleza, su sentido de la responsabilidad (¡qué necesario es hoy educar para el compromiso!), su sacrificio, su generosidad ágil… Y su fe. «No quiero vivir más en un tiempo que no comprendo», me insistía en sus ganas de morir. Contaba que su generación era demasiado diferente a la actual: «Quizás ahora nos falte capacidad de amar». Me impactó. Porque las cosas buenas ocurren cuando ponemos en práctica el amor. Sin edulcorantes. Isidro desprende, precisamente, la autoridad del que ama. Por eso, la nobleza como propósito de vida personal y profesional me parece una de las lecciones más fascinantes que se pueden aprender (y enseñar). Es matriz del talento.
Su historia me hizo recordar un reciente artículo de la revista Harvard Business Review, que argumenta la relevancia de las organizaciones basadas en un propósito. Cualquier organización necesita irrenunciablemente un propósito palpable, más allá del mero beneficio. De lo contrario, correrá el riesgo de convertirse en cenizas. El propósito genera unidad de sentimiento, de acción y contribuye a multiplicar los resultados. Parece procedente, no sólo que exista, sino que todos los miembros de esa organización puedan sentirlo como propio. Así actúan las organizaciones inteligentes (guiadas siempre por personas brillantes). Como lo son estos dos hombres, que remaron en tiempos y escenarios dispares, pero con un propósito común. Historias de valentía, pura vanguardia para la cultura empresarial actual. Dos testimonios que demuestran la relación proporcional entre bondad y  liderazgo. El éxito reclama siempre esta energía. Y este motril es un hombre de éxito. Porque ha construido muchas cosas buenas, pese a la dureza de la vida. Pero, como relataba Camus, «en las profundidades del invierno aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible». Me encanta este pensamiento porque creo que jamás perdemos el tiempo cuando actuamos orientados por principios firmes (aunque, a veces, vayamos a contracorriente). Valores como la nobleza o el compromiso auparán a las organizaciones y a las personas al nivel máximo de su prosperidad. Y de su felicidad. Haciéndonos, pues eso, invencibles. 


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