PLAZA MAYOR

Alfonso González Mozo

Periodista


Noches de fiesta

A todos nos gusta la fiesta. Aunque quizá sea una de esas aficiones que se aplaca, se transforma y modifica a medida que vamos soplando velas, volviéndose más diurna que nocturna. Pero a todos nos gusta. Y muchos de nuestros momentos más divertidos que se guardan en esa intangible galería de la retina han sido durante esas memorables noches de fiesta de adolescencia y juventud. Tardes que se prolongaban hasta la mañana siguiente, madrugadas que se terminaban con aquellas interminables caminatas hasta el barrio, solo amenizadas por esos pájaros del amanecer que trinaban como para que no olvidases lo tarde que se te había hecho; por si acaso tus padres no te lo recordaban en las durísimas horas de la comida.
Y en esas veladas hemos visto casi de todo. ¿Quién no tiene un amigo que solía terminar haciendo pucheros? ¿Y un especialista en el denodado arte de la desaparición; solo y en compañía...? ¿Y el de los abrazos, el de las risas sinfín y hasta la amiga que se ponía besucona? Recuerdo uno al que le daba por tirarse contra las cajas de cartón que se amontonaban junto a los contenedores y otro que se enfadaba y se quería pegar hasta con las farolas.
Las noches de fiesta no se han inventado ayer, por mucho que los veinteañeros que nos suceden en este curioso arte se consideren los primeros que se cogen un pedete de verano. ¿Quién no ha intentado ir a coger el tren al pueblo de al lado y se ha perdido en medio de un pinar? Andanzas mil que nunca deberían ir más allá, en una obnubilación festiva como si la vida solo fuese una partida de Fortnite y pudiesen reaparecer.
En la bellísima Mallorca, cada verano hay una buena tanda de esos teenegers británicos que se desplazan de vacaciones a España (para correrse las juergas que no pueden perpetrar en sus queridas islas) que mueren como tontos o sufren graves lesiones haciendo balconing; que es como llaman a eso de saltar de balcón en balcón o desde uno de ellos, a la piscina, importándoles muy poco que estén alojados en una quinta planta.
Pero es que las locuras también se cuelan en la Meseta. Hace una semana, la víctima fue un joven madrileño que andaba de fiesta en un pueblo de Segovia y que murió electrocutado tras caer de una torre de alta tensión a veinte metros, a la que decidió escalar, al parecer, como colofón a su noche de fiesta.


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