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Juan José Laborda

RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


La decadencia de la Roma clásica

04/07/2021

Llevo el año leyendo libros sobre antiguas ciudades: Jerusalén, de Simón Sebag Montefiore; Constantinopla, de Steve Runciman; Venecia, de John Julius Norwich, y ahora voy a hacer también una reseña -mezclada igualmente con mis ocurrencias- de la Roma clásica de Peter Brown, en contraste con la misma Roma escrita hace casi tres siglos por Edward Gibbon (1737-1794).

Había leído otras obras de Peter Brown (Dublín, 1935), pero no su El mundo de la Antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma (1ª edición inglesa, 1971), así que fui a comprarla.

Mi librero habitual, después de hacer consultas con varios colegas suyos, como no lo encontraba, mi pidió el libro a la editorial Taurus. Me comentó que se había vendido de manera sorprendente. Cuando lo recibí, investigué por qué una obra de historia, publicada hace medio siglo, tenía hoy tantos lectores, y el éxito actual de The World of Late Antiquity (título que hizo fortuna por Late, tardía), éxito que también tuvo la edición inglesa, en la edición española de 2021, que está prologada por José Enrique Ruiz-Domènec (un historiador cuyas investigaciones sobre la cultura medieval son de lo mejor en la Universidad española), descubrí que el libro de Peter Brown, aunque contaba acontecimientos remotos, parecía ofrecernos pistas para entender nuestro presente; la famosa máxima: la historia como tratado de moral. Ruiz-Domènec escribe en su prefacio: «Un libro sobre los últimos momentos del Imperio romano que permite comprender mejor el cambio de era en el siglo XXI».

Ruiz-Domènec subraya -como cualquiera que hable del libro de Brown, incluido él mismo- que el El mundo de la Antigüedad tardía enmendó definitivamente el mítico trabajo de Edward Gibbon, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (en español, Historia de la decadencia y caída del Imperio romano). Estoy convencido que el éxito actual del veterano libro de Brown se debe a que trata de los dos grandes asuntos míticos contenidos en la obra de Edward Gibbon: la decadencia y caída de instituciones y sociedades -de todas ellas en general-, y por eso su obra ha servido para interpretar la historia desde entonces hasta hoy; la decadencia y la caída fue, desde Gibbon, atributo consustancial a todas las sociedades humanas. De ahí el actual interés por esos temas históricos.

En efecto, Edward Gibbon, un inglés nada patriotero, vive en época británica que él cree decadente, caracterizada por la independencia de las antiguas colonias inglesas de Norteamérica, la gran corrupción del final de los años wigh o liberales, y las pruebas enormes que traerá la Revolución Francesa a las islas británicas.

Los males que Gibbon describe con inigualable precisión, y con un lenguaje maravilloso por su claridad e ironía (que Gibbon aprendió de Samuel Johnson, y mucho después Winston Churchill lo aprendería de los dos), fueron la falta de coraje de una sociedad reblandecida por el dinero, y que fue incapaz de hacer sacrificios patrióticos; Roma, con el Imperio (según Gibbon, a partir del siglo II, con los emperadores Antoninos), perdió las virtudes de la República, y el poder de los emperadores escapó del control del Senado, con las consecuencias fatales de todo autoritarismo.

La Historia de Gibbon ha modulado mi manera de entender los acontecimientos del pasado, pero sobre todo, mis juicios sobre la política y la moral de mi tiempo. En la Facultad de Filosofía y Letras no se estudiaba a Gibbon, y se le mencionaba sólo como un típico inglés ilustrado. Mi curiosidad surgió cuando leí Los Baroja, el libro de memorias de don Julio Caro Baroja, editado por Taurus en 1972. En la primera parte del libro, Caro Baroja retrata a su familia: su madre, Carmen Baroja y Nessi (una extraordinaria escritora e intelectual, modelo de la generación del 98), y sus dos hermanos famosos, Pío, el escritor, y Ricardo, pintor, grabador (el mejor aguafuertista desde Goya) y también escritor.

Ricardo se había quedado ciego, y aquejado de un cáncer de lengua terminal (se dijo que por su adicción a fumar en pipa), le pidió a su sobrino Julio que le confortara en sus últimos días leyéndole a Lucrecio (de Rerum Natura, una aceptación de la muerte sin miedo), y a Edward Gibbon, en sus capítulos dedicados a la historia del cristianismo en Roma. Lo que Ricardo Baroja encontraba en las páginas de Gibbon era una moral regida por virtudes humanísticas romanas o clásicas, es decir, contrarias a una visión del cristianismo que Gibbon resumió en uno de sus pasajes: «El temperamento benevolente de los Evangelios fue endurecido» cuando la Iglesia se convirtió en heredera del Imperio romano.

Por mi devoción por Gibbon, puse mi navegador de ilustrado en el modo ‘peligro indefinido’ cuando abrí el libro de Peter Brown. Que Brown superase a Gibbon podría significar un ataque a los valores ilustrados por parte del pensamiento posmoderno, que no comparto. Gibbon habló con Voltaire cuando vivió en Suiza, y ese detalle me basta. Pero Brown salvó todos los obstáculos, y hablaré de su libro, en otra ocasión, con entusiasmo.