Manuel Juliá

EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


Niños

14/06/2021

En la profundidad ignota del mar un rastro de muerte. El fondo más negro de una mente pone allí la semilla del dolor sin fondo, de ese dolor que es el más difícil de entender, el que se produce en la blanda piel de un niño, esos seres cuyo desvalimiento nos vuelve sensibles, cuya pureza nos llena de bondad. 
Ellos navegan el viento primerizo de la luz, y nosotros sentimos que después del azaroso camino de la vida, no estaría mal llegar al descanso final, rota la coraza del corazón, volviendo a ser el niño perdido. 
Los pequeñajos son un murmullo alentador de la existencia. Los vemos corretear por el parque, imbuirse en un cuento o en un videojuego, poner intensa y bobalicona la mirada ante una película de dibujos animados, o vibrar como cascabeles en la siesta, persiguiendo un sueño que no desean, porque a los niños les gusta más soñar despiertos que dormidos. 
Y cuando ya han quemado todas las calorías posibles y los músculos entran en la armonía del sosiego, los vemos caer rendidos en cualquier espacio, un sofá, el suelo, incluso la pequeña cama que danza quieta entre el color y el misterio. 
Los vemos con la cartera del colegio, en el trajín diario del aprendizaje, felices porque comienzan una nueva aventura, o tristes porque dejan atrás lo que más desean, huir de las obligaciones. Y, a veces, con una angustia que no puede convertirse en costumbre, los vemos heridos y helados en las antesalas del hambre. 
Solo recuerdo dos momentos del Evangelio en los que Cristo deja que la ira posea su palabra: cuando, armado con un látigo de cuerdas expulsó a los mercaderes del templo, y cuando dijo de quien haga daño a uno de estos pequeñajos que más valdría le colgasen en el cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundieran en lo más profundo del mar. 
En lo profundo del mar, en lo más profundo, ahí, el más terrible ser que habita a un humano ha cometido el más cruel hecho de la vida. 
Nos ha llenado de un dolor multitudinario. Nos ha herido el alma. Nos ha alentado a creer en la maldad, a sentir que no erró Pascal cuando llamó al hombre desperdicio del universo. 
Imagino la mente más enferma de sadismo, la más llena de ingenio diabólico, y no puedo entender que haga lo que el padre de Olivia y Anna. No puedo entenderlo. 
Sé que hay seres que no conciben la fatiga del odio, que Edwar Hide habita demasiados corazones, pero no puedo entenderlo. 
Sé del extraño misterio de la condición humana, a veces poseída por la extrema crueldad, pero lo que hizo el padre de Olivia y Anna no puedo entenderlo. Ni el más sabio psiquiatra del mundo me lo podría explicar. 



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