LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Del sueño, al abismo

Lleva meses dándole vueltas. Sabe que su aventura no está exenta de riesgos, pero la fuerza de su juventud gana el pulso al miedo. Está decidido: esta noche tratará de entrar en España. 
Hamed tiene 16 años. Reside en uno de los arrabales de Asilah, una ciudad marroquí que vive de la pesca y del turismo. De familia desestructurada, desde que era un niño se ha ganado la vida en la calle, de trabajo en trabajo, siempre precario. Lo poco que consigue cobrar se lo entrega a su madre, que tiene que sacar adelante a otros cinco hijos y a la abuela. Pero, ahora, ha llegado el momento de abandonar el nido. Al otro lado del Estrecho le espera una tierra llena de oportunidades y el joven magrebí no las quiere dejar escapar.
Ha llegado a Tánger después de un periplo para olvidar. Hamed se dirige hacia el área de servicio cerca del puerto, donde muchos camiones esperan para acceder a los Ferris que les trasladarán hasta la Península. Desde allí se divisa la bahía de Algeciras. Su destino está cada vez más cerca. Los pocos dirhams que le quedan los gasta en unas empanadillas dulces, de miel y almendras molidas con masa de hojaldre. Con la caída de la noche y la menor presencia policial, aprovecha para elegir el trailer que se convertirá en su visado. Tiene dos opciones: colarse en el interior y esconderse entre la carga o engancharse a los bajos, en los pequeños recovecos que hay entre los ejes de las ruedas. El chico opta por la segunda; mucho más arriesgada para sobrevivir, pero con mayores garantías para cruzar.
Ya está en suelo español. Todo transcurre como ha planeado. Ha conseguido pasar el control fronterizo sin problemas y ha cambiado su peligroso escondite por un confortable hueco entre las decenas de cajas de naranjas que transporta el camión. Pero, de repente, el vehículo detiene su marcha. Se escuchan voces en el exterior, alguien abre la enorme compuerta trasera mientras un perro comienza a ladrar nervioso. Hamed es descubierto; un guardia civil le invita a bajar y, al comprobar que está indocumentado, lo traslada a unas instalaciones donde, tras distintas pruebas, tratan de averiguar su edad.
Sin entender el idioma, el joven acata las órdenes que el personal le da a través de gestos. Ha tenido suerte. Consideran que tiene algo más de 16 años, pero otros chicos que también estaban allí, pese a ser aún menores, serán deportados al estimar que han cumplido la mayoría de edad. Desde ese momento, Hamed pasa a ser un MENA (Menores Extranjeros No Acompañados). Su destino: un centro de acogida. El sueño se tambalea.
España está desbordada. No hay control. Durante los últimos años se ha convertido en uno de los destinos preferidos de estos menores, que huyen de la pobreza, la falta de oportunidades y los conflictos de sus países de origen. En la actualidad cerca de 13.000 menas están registrados en los sistemas de protección y hay otros 5.000 que Interior tiene catalogados como desaparecidos después de haberse escapado de alguno de estos centros.
El problema se ha hecho más visible tras los mediáticos casos que han protagonizado algunos de estos menores, que se dedican a cometer hurtos con intimidación, ocupan viviendas con violencia, propinan palizas en grupo o, incluso, llevan a cabo agresiones sexuales.
Aunque la tendencia es a generalizar, los datos constatan que ocho de cada 10 de estos adolescentes se integran sin provocar ningún tipo de altercado. Sin embargo, la tensión se ha disparado en varias localidades, como es el caso de Castelldefels, donde a mediados del pasado mes de marzo una pandilla de encapuchados, formada por 25 jóvenes del municipio, asaltó uno de los locales tutelados por la Generalitat por la noche, con intención de agredir a los menas que allí se encontraban y con los que habían tenido una riña violenta esa misma tarde. No se trata de un caso aislado y la estigmatización y el rechazo social que padece este colectivo hace que a veces paguen injustamente unos por otros.
El sistema, igual que los centros de acogida, está desbordado. Faltan plazas, educadores, psicólogos... Esta escasez no favorece la integración y todo se complica con una Ley de Extranjería que retrasa la obtención de un permiso de residencia que es el que les posibilita trabajar. Hay más. Los niños de la calle viven con una espada de Damocles sobre sus cabezas: si no logran un contrato de una duración mínima de 18 meses, al cumplir la mayoría de edad son expulsados.
Hamed se ha fugado. La falta de oportunidades le ha empujado a salir de esa cárcel para malvivir en un ghetto, donde la droga, la violencia, la desprotección y la delincuencia son una constante. Del sueño, al abismo. 
¿Hasta cuándo las leyes y la sociedad seguirán dando la espalda a un problema cada vez más preocupante?


Las más vistas