EL BLOC DEL GACETILLERO

Jesús Fonseca

Periodista


Flacas mujercitas

26/07/2020

Ella, Conchita, había estudiado enfermería y trabajaba en la Cruz Roja, donde la adoraban y tenía un futuro de lo más prometedor. Concepción Purón, nacida el 27 de julio de 1927 en Madrid, era una mujer de inteligencia serena y recio carácter castellano. Quería ser carmelita descalza y no paró hasta conseguirlo. Es una de las vidas, escondidas en Dios, que a modo de historias de carmelitas, reflejo de Santa Teresa, ha tenido el acierto de reunir en un bellísimo libro, el capellán del Monasterio de la Encarnación, el inquieto P. Arturo Díaz. Como quien no lo quiere, el autor va rastreando las huellas escondidas  de nueve monjas -a algunas de las cuales conoció él en vida-, que tienen todas algo en común: su preparación, su valía humana y holgura de vida, y que cambiarán sin dudarlo por las estrecheces y rigores del Carmelo, seducidas, como María  Magdalena, por el Galileo. A algunas de ellas, las conoció en vida don Arturo, lo cual le permite ahondar en aspectos de su existencia como el buen humor o la alegría y entusiasmo que proyectaban en su día a día. Titula su obra el capellán de La Encarnación, «Vidas edificantes», recordando así una costumbre carmelitana, consistente en escribir cartas, que se envían de un carmelo a otro, cuyo contenido es la semblanza de una descalza ejemplar, al término de su caminar en esta tierra. Para las carmelitas descalzas, al contrario de para los que estamos fuera, la la muerte no interrumpe nada. Son estas unas cartas que constituyen un tesoro de espiritualidad, ciertamente. Tengo que decirte, amable lector, que me han conmovido estas vidas, sencillas de «flacas mujercitas», como llamaba cariñosamente a sus hijas la Santa de Ávila, la mujer que más ha influido en la Iglesia, después de la Santísima Virgen María. Es la madre Carmen, priora de la Encarnación, la que me hace llegar el libro, a través del torno. Otra carmelita perdidamente enamorada, con un palpitar que se percibe abrasador, tras los muros de ese palomarcico teresiano que es La Encarnación. El P. Arturo se ha volcado en la tarea de mostrar, con una escritura ágil y sobria, los recovecos de unas vidas que atrapan hasta estremecer, por su valentía y por una reciedumbre  imposible de expresar y lo ha conseguido. Un libro, en fin, que habla de silencio y soledad; de bendita pequeñez, deseo de desaparecer y no por molestar. De propio olvido, para que sólo Dios se luzca.