A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


Gobierna tú

El pasado 5 de marzo, el investigador Vicente Ríos, en el blog Sistemas en crisis, escribió que había «estado haciendo unos números sobre la propagación de la epidemia del coronavirus y creo que ya se puede decir que en España ésta se ha descontrolado, al igual que sucedió en el caso de Italia». Alertaba de una curva exponencial. Pronosticó del orden de 80.000 infectados y 800 muertos para el 7 de abril, asumiendo, eso sí, un «escenario muy optimista». Mientras Italia empezaba elaborar guías clínicas para decidir a quién le toca un respirador artificial y quién pasará la neumonía a lo mero macho, güey, el gobierno de España animaba al 8-M. Nuestro derecho a las calles por sobre las consideraciones epidemiológicas o el pavor fundado a reventar el cableado del sistema sanitario. El pasado 9 de marzo Rios hacía nuevas cuentas. Avanzaba una tabla. Para el 12 de marzo daba, en el mejor de los casos, 2.776 casos, 3079 como lo más probable y, a las malas, 3.602. En el momento de escribir estas líneas, a las 20:50, la web de RTVE, una de las que más rápidamente se actualizan, informa de 3.120 casos. Eso son entre 88.788 y 155.776 para el 24 de marzo. Ahora recuerden los porcentajes de los que necesitarán ser hospitalizados y los de que posiblemente requieran de asistencia en Cuidados Intensivos. Y luego, ya con la risa floja atemperada, recordemos risueños los chistecitos de esos líderes de opinión que denunciaban la paranoia colectiva y las manos negras de las farmacéuticas. Celebramos, sí, la atroz imprudencia o peor de un gobierno que no supo estar a la altura. Porque es muy bonito montar piquetes y resolver las cuitas con la oposición a cañonazos de guerra cultural y guerrilla urbana. Pero gobernar, y gestionar las cuestiones realmente importantes, no puede corearse en la manifa. Ya, tampoco gestionar emborracha como las campanas de los megáfonos. Ni te hace sentir superior, ciego de justicia y buenos sentimientos. Administrar el bien común pasa por operar en los terrenos de lo real. Algo inalcanzable para nuestros apoteósicos revolucionarios