DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Descaro

05/02/2021

Existe un principio humano universal: La culpa siempre es del otro. En política ni siquiera existen excepciones. Por el contrario, el culpable siempre es el adversario, incluso cuando no existe culpa o defecto. No es nada nuevo, pero ha aparecido con mayor evidencia ahora con la gestión de la pandemia y los males que de ella se derivan. El Gobierno delega sus responsabilidades en las comunidades autónomas y estas, a su vez, eluden en la misma medida su propia responsabilidad. Los ayuntamientos se mantienen de perfil e intentan pasar desapercibidos, como si con ellos no fuera la cosa.
Claro que como en todo, también en esto hay grados. Es injusto meter a todos en el mismo saco. No es lo mismo atribuir a la tozudez de Sánchez la limitación de los horarios del toque de queda, lo que sitúa a comunidades como Castilla y León al borde de la desobediencia civil, pendiente de sentencia del Tribunal Supremo, que optar por la postura demagógica de encabezar la protesta con la aviesa intención de tapar la inacción propia. Sí, en esto de eludir responsabilidades también existen grados. Visto a través de los medios de comunicación, seguramente muchos estamos de acuerdo en que existe una reina del descaro, la presidenta de Madrid Isabel Díaz Ayuso. Se ha erigido en la defensora a ultranza de los bares, en Madrid alertando de que no esta dispuesta a pasar a la historia como la que se ha cargado a la hostelería y en Barcelona calificando de delito el cierre de los establecimientos públicos de restauración. Abanderada de la defensa del sector que peor lo está pasando en España, pretende desviar el malestar de los hosteleros contra el Gobierno, cuando sin duda a la administración autonómica y a los ayuntamientos corresponde en igual o mayor medida arrimar el hombro. Recuerda la postura de Ayuso a aquel concejal del Ayuntamiento de León responsable del servicio de limpieza que cuando más caldeados estaban los ánimos de los trabajadores en el reclamo de mejoras salariales, con las calles llenas de basura, encabezó la manifestación más numerosa, pancarta en ristre, en demanda de las reivindicaciones a las que él mismo tenía la obligación de responder. Y lo cierto es que en aquella ocasión la treta caló.



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