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Julio Valdeón

A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


Divorcios

01/10/2021

La pandemia acaudilló la insurrección de la tristeza. Salimos peores, más pobres y asustados, hartos de husmear nuestros pedos y ponerle velas a una recuperación insuficiente, la más pequeña entre los países de nuestro entorno. Para colmo, en 2020 hubo más divorcios que bodas. Lo cuenta este periódico, que habla de 794 enlaces y 991 divorcios. La clave estaría en los confinamientos y, con posterioridad, en los insuperables problemas para las celebraciones en interiores, con el bicho en nubes radiactivas y el restaurante u hotel transformado en un Chernobyl. Con todo, malicio que los peores números llegarán más adelante. No las rupturas por la imposibilidad de celebrar el bodorrio sin las derivas del roce, con los cónyuges sometidos a un estrés insufrible, especialmente aquellos que tuvieron que compaginar el encierro, el trabajo y la crianza y entretenimiento de unos niños y adolescentes al borde del ataque de nervios. La familia, panal de neuras, insustituible pero también tóxica, y las parejas, con el amor rozado como en la balada de la Fernanda de Utrera, como un cojín de terciopelo raído de tanto usarlo, no puede sobrevivir a semejante prueba de estrés, fruto de convivir como si hubiéramos naufragado en la isla de Juan Fernández. Una cosa es casarse, jurarse amor eterno y cuidarse en la salud y la enfermedad y otra soportarse 24/7 en un casa que carece de las dimensiones de Buckingham o Versalles, con los nenes asalvajados. Sin olvidar la cabecita, a punto de explotar en mil pedazos a causa de las entrevistas y conferencias por Zoom, esa forma suprema de crueldad moderna que reúne lo peor de todos los mundos posibles. No lloren por los que se separan. Lo hacen como medida previa a ingresar en un frenopático. Su supervivencia dependía del olvido, que en ocasiones puntuales puede ser la antesala del paraíso. O al menos de la salvación personal. También es cierto que, siguiendo la sabiduría de mi abuela, quien no acierta al casar ya no tiene en que acertar. Pero como dijo un día Alberto Olmos, el que no se haya separado tras el confinamiento no tiene corazón.