LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Olvidados

13/12/2020

Ha desembalado prácticamente todo lo que ha bajado del trastero. El árbol, los adornos, las luces, las figuras... Entre el caos y el polvo, tan solo queda una pequeña caja de cartón que en su día sirvió para guardar el objetivo de una antigua cámara de fotos. A Jaime le suena, pero, por mucho que se esfuerza, no recuerda qué hay en su interior y, ansioso, decide abrirla. Con sumo cuidado, el abogado retira las tapas, extrae el corcho de protección y, al descubrir la reliquia, se queda absorto. Su mente viaja años atrás, cuando su abuelo le regaló esa bola musical de vivos colores, rememorando la época en la que él era un niño, cuando estas fechas tan especiales se celebraban alrededor de una mesa con toda la familia y tenían sabor a turrón y mazapán.
Emocionado, llama a sus hijos para que contemplen aquello que de crío le entretuvo tantos ratos y que, al accionarlo, parece mágico. Mientras los pequeños observan obnubilados la esfera de cristal plagada de grabados navideños en su base, Jaime comienza a dar cuerda al artilugio cuyo interior, un diminuto muñeco de nieve y varias siluetas patinando sobre una pista de hielo, no para de dar vueltas al ritmo de la pegadiza melodía de un conocido villancico que surge de sus entrañas. Tras accionar la manivela una y otra vez y pasarse embobados la bola de mano en mano, los chiquillos ayudan a colgar la mayoría de los objetos en el árbol y colocan la burra y el buey para completar el Belén. Sus rostros reflejan la ilusión y constatan que la pandemia, esa que lo ha cambiado todo y que nadie esperaba, no va a matar al espíritu de la Navidad.  
Cuando casi han terminado de adornar la casa, el hombre se percata de que varias de las luces fallan y un intenso olor a quemado comienza a surgir del enchufe en el que están conectadas. El uso y el paso del tiempo han hecho mella en los cables. Nada dura para siempre. Jaime agarra su abrigo y la bufanda y, antes de ponerse la mascarilla para salir a la calle y comprar unas nuevas, vuelve su mirada hacia la bola de cristal, la coge entre sus manos, sonríe, le da cuerda hasta el límite y cierra la puerta mientras el villancico comienza a sonar.
La tienda está cerca y el tiempo desapacible, que llega a ser insoportable, provoca que acelere el paso. Al doblar la esquina, al lado de un cajero, un hombre, con un sombrero cochambroso y sus rodillas apoyadas en un cartón, pide limosna con los brazos en cruz. A su lado, un carrito de supermercado con sus pertenencias y, escondido justo detrás, se asoma un cartón de vino que, sorbo a sorbo, le ayuda a matar el frío. El letrado pasa cerca del mendigo, piensa por un momento en lo injusta que es la sociedad y en cómo se las ingeniará para pasar estas fechas. Por un momento se siente culpable, pero prosigue su camino.
El mundo se prepara para celebrar unas navidades atípicas, marcadas para siempre por el coronavirus. El arranque de la campaña de vacunación en Reino Unido y los cantos de sirena de las distintas profilaxis de las principales farmacéuticas pasando los últimos controles de las agencias del medicamento han traído esperanza y la luz, aunque lejos, ya se atisba al final del túnel.
Cada país está imponiendo una serie de restricciones con el objetivo de evitar que la tercera ola de la COVID-19 colapse de nuevo los hospitales y acabe en semanas con miles de vidas. No son pocos los que en España parecen empeñados en que se relajen aún más las exigencias para que las cenas familiares continúen siendo ese ritual festivo de reencuentro o incluso ya planean hacerlo de forma masiva, restando importancia a la letalidad de un virus que en cualquier momento puede volver a mostrar su peor cara. Los 10 comensales consensuados entre el Gobierno y las regiones para celebrar las cuatro grandes citas son más de lo que en un principio se podía esperar.
La familia acaba de compartir mesa y mantel en una Nochebuena distinta, muy reducida, que van a recordar mientras vivan. Jaime se asoma a la ventana y vuelve a ver al indigente, impertérrito, con los brazos en cruz. Mira la bola de cristal, recuerda a su abuelo, rellena un táper con parte de lo que ha sobrado y baja a la calle a entregárselo. El hombre, tiritando, rechaza la comida, pero, sin embargo, recibe de buen grado el abrigo y la bufanda.
Más de 40.000 personas en España, sin un techo en el que cobijarse, no saben dónde dormirán estas navidades. Para este colectivo genera más angustia la soledad que los efectos de una pandemia mundial. Son los grandes olvidados. 



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