Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Rectora de la UEMC. Especialista en Comunicación Política


Tiempo de travesía

Encontrar el equilibrio perfecto entre las emociones y la razón es una de las claves de la felicidad. Precisamente, esta dinámica define la obra del escritor Fernando Pessoa, que nos regaló propósitos en forma de palabras tan útiles y bellas como estas: “Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía”. Sin duda, hay que ser muy valientes para quitarse las ropas usadas (y desafiar al miedo). Justamente, la valentía, en el horizonte 2030, será una de las cualidades imprescindibles para la próxima generación de directivos. Ya se vislumbra una nueva cultura empresarial donde el peso entre lo emocional y lo racional, al más puro estilo Pessoa, se equilibrará para convertirse en bisagra del liderazgo futuro. Hablo de directivos marcados por un fuerte compromiso social, coherentes y ocupados en el bienestar de todos los trabajadores (algo que se traduce en máxima rentabilidad empresarial). Miro a los jóvenes de hoy con la fe de quien cree en el poder de la Educación para transformar el mundo. Y les miro así porque la rotunda valentía que proyectará su liderazgo (aquí está el mayor desafío educativo), les hará mover nuestro progreso en la dirección adecuada. 
Pero, para seguir forjando esta travesía hacia el liderazgo de la valentía, quienes deciden nuestras políticas deben retirar a la Educación la camisa de fuerza que lleva puesta. Hay que liberarla de prejuicios, tufos electoralistas y mochilas ideológicas. Porque la Educación es la fuerza más arrolladoramente innovadora que existe (y no puede mantenerse inmóvil). Todo lo demás, solo servirá para elevar la crispación y perder un tiempo vital para promover el bienestar de todos. Porque para impulsar un país de vanguardia necesitamos una Educación de vanguardia. Rotundamente. No olvidemos, como apuntaba el Nobel de Economía James Heckman, que “invertir en educación es más rentable que invertir en bolsa”. Por eso, pido al nuevo año 2020 que nuestros gobernantes tengan la suficiente generosidad y lucidez para asumir este poderoso reto educativo y, sobre todo, para que no caigan en la trampa de vestirse con las ropas usadas. Las ropas de los prejuicios, la inconsistencia y las falacias. 
Hablando de la ineludible innovación para la Educación, se cumplen 20 años de la implementación en España del “Plan Bolonia” (un proceso de convergencia europea para mejorar la calidad y competitividad del sistema universitario). Un proyecto que, de forma global, debería haberse centrado más en renovar el modelo educativo para orientarlo hacia el máximo desarrollo del talento de cada estudiante (lo que se traduce también en su eficaz empleabilidad). No se trataba solo de modificar los planes de estudio o las metodologías de enseñanza sino de redimensionar el itinerario formativo para multiplicar la proyección personal y profesional de los alumnos, enseñándoles el valor del aprendizaje como forma de vida. Esto supone crear una sólida cultura educativa, sin medias tintas, decisiva también por su papel activador de la economía del conocimiento. Hemos dado pasos firmes, claro está, pero queda mucho camino por recorrer. Por eso, ahora, hay que calibrar el “Plan Bolonia” y adoptar, con espíritu de Estado, una política educativa categórica. Es el momento de iniciar este recorrido. Y, por qué no, también el que cada uno de vosotros tenga pendiente. Hagámoslo con la ilusión de los valientes porque, como insinúa el poeta Pessoa, si no osamos emprender esta travesía, “nos habremos quedado, para siempre, al margen de nosotros mismos”.  



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