La ola de indignados que se levantó en España hace diez años ha quedado diluida y sus reivindicaciones disueltas en un marco institucional que no ha cambiado mucho desde entonces. Jóvenes, acompañados de personas de todas las edades, se juntaron en plazas y calles, realizaron asambleas populares, reivindicaron una democracia más participativa y menos encorsetada… acamparon hasta remover los cimientos de una clase política demasiado acomodada en sus poltronas. Aquel movimiento consiguió que toda Europa pusiera los ojos en el tablero de juego español y un reguero de protestas se extendió también por otros países. Fue una llamarada de esperanza en una primavera dura, cuando aún pagábamos los platos rotos de la crisis financiera y económica de 2008 que trajo una política de austeridad que castigaba duramente a muchos sectores sociales.
El bipartidismo, cómodamente instalado en aquel momento con un PP y un PSOE en alternancia que dominaban la escena política, se vio presionado por un movimiento popular en el que muchos ciudadanos pusieron su esperanza de un cambio real y profundo, que diera mayor protagonismo a las personas de a pie y a sus intereses. Valladolid no fue ajeno a estas movilizaciones, centralizadas en la acampada de Fuente Dorada, ni a sus consecuencias, aunque una década después apenas quedan unos recuerdos de algunos de los protagonistas de aquellas históricas jornadas. Los primeros efectos de toda esa explosión popular fueron la irrupción de la ‘nueva política’, protagonizada por el nacimiento de Podemos, fuerza que surgió directamente de las asambleas del 15M, y poco después de Ciudadanos con la intención de acabar con ese bipartidismo imperante. A día de hoy, los ‘naranjas’ se desinchan como un globo pinchado por sus errores estratégicos y Podemos, aunque es verdad que ha conseguido llegar al Gobierno en coalición con los socialistas, está también en horas bajas, sobrepasado ya en Madrid por Más País, una escisión de los ‘morados’.
La política vallisoletana también se vio removida por los líderes locales del 15M, aunque la mayoría se encuentran ya alejados de la esfera pública, bien por su voluntad o por la de los votantes. En la escena provincial destaca la habilidad del actual alcalde, el socialista Óscar Puente, que consiguió girar hacia la izquierda, recoger algunos postulados de los asambleístas y finalmente acoger dentro del PSOE a algunos de los protagonistas de aquellas jornadas. Éste es el caso de Charo Chávez, candidata de Podemos a la Alcaldía en 2015 y actualmente en las filas socialistas como concejala de Comercio. Éste es el camino que han protagonizado muchos dirigentes y votantes, tantos que Podemos se quedó fuera de las instituciones provinciales en las últimas elecciones municipales. Ciudadanos, el otro protagonista de la ‘nueva política’ se mantiene aún en ellas, pero se encuentra en una pendiente muy peligrosa que será difícil enderezar para que no queden fuera de ayuntamientos y Diputación en la próxima legislatura.
Con este escenario, el balance del 15M no puede ser positivo. Solo diez años después de una ‘revolución’ que pretendía cambiar la política y ahondar en una democracia con mayor igualdad y participación de los ciudadanos las formaciones tradicionales, Partido Popular y Partido Socialista, parece que vuelven a resurgir y, con el permiso del populismo de izquierdas y de extrema derecha, avanzan hacia un nuevo bipartidismo. La inestabilidad que ha provocado en los últimos años la fragmentación electoral con las nuevas marcas paraliza la actividad y vuelve ineficaces a los gobiernos. En una época de nueva crisis económica, provocada esta vez por la pandemia mundial, los ciudadanos vuelven a mostrar un malestar social que intentan aprovechar precisamente los partidos situados a ambos extremos del espectro político, aunque también puede suponer un reagrupamiento del voto en torno a las dos opciones que ofrecen mayor estabilidad y moderación en sus planteamientos. La gente quiere trabajo y libertad, quien se lo ofrezca se convertirá en los líderes de esta nueva revuelta social.



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