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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El Prado

01/10/2021

El gran problema de la política moderna es que se nutre de un fanatismo existencial y de la ocultación de los costes reales del mundo que quiere construir. Sería apasionante adentrarse e investigar sobre cuál es el origen de dicha deriva intelectual que justifica el imponer la dictadura de lo políticamente correcto. No es fácil determinar en qué momento el odio a quien no piensa como uno se convirtió en permisible.

En donde mejor se percibe su desequilibrio es en la política energética. Nadie a estas alturas duda de que la actividad humana genera un impacto en el medio ambiente, la duda es la magnitud del daño y quien lo paga para mitigarlo. Los países ricos contaminan muchísimo menos que al inicio de la revolución industrial, teniendo ahora más población y consumo energético que antes. Esta circunstancia nos debería tranquilizar y dotar de perspectiva; por desgracia, los gobiernos han apostado por un intervencionismo contraproducente, caro y alimentado por una ideología comunista desfasada.

El ecologismo militante teme que los países pobres repliquen la misma voracidad energética que los países ricos, sin confiar en que los avances tecnológicos existentes puedan ayudar a esas naciones. Parece que la única alternativa intelectual válida es reducir por imperativo legal el crecimiento poblacional y volver a economías primitivas donde el nivel de consumo sea anormalmente bajo. El panteísmo ve al ser humano como la causa del problema y no como al protagonista valioso del planeta.

Hasta que no tengamos una tecnología que permita almacenar la energía, es inviable depositar la producción energética en fuentes renovables porque tendríamos que aceptar los apagones eléctricos y las muertes que esto provocaría como algo habitual. Para mejorar el aire en las ciudades, es más útil y barato modernizar el parque automovilístico con la tecnología existente (viva el diesel) que apostar por los coches eléctricos. Vamos a obviar el impacto fiscal, económico y laboral de renunciar a una economía que vibra con el petróleo.

Lo expuesto no es glamuroso y no significa que tengamos que ser pasivos con la contaminación o negligentes en el uso inteligente de la tecnología. Pero debe de ser la sociedad la que decida qué se ajusta mejor a sus necesidades, porque sino, acabaremos renunciando a la energía nuclear para quemar lignito como nunca en Alemania o criticando la producción hidroeléctrica. El comunismo provocó daños ecológicos brutales y no parece prudente confiar en él para salvar el planeta. La imposición tecnológica genera pobreza y contaminación.