PLAZA MAYOR

Alfonso González Mozo

Periodista


El abrazo de la felicidad

Hace un par de semanas que Manolo García pasó por Valladolid. Su concierto en Huerta del Rey fue uno de los mejores que recordamos los que llevamos unos cuantos años repitiendo visita tras visita a la ciudad. Quizá porque fue un concierto que nos hizo viajar en el tiempo. Quizá porque fueron tres horas en riguroso acústico. Quizá porque Manolo nos hizo sentir felices durante ese buen rato, que, como dice él, al fin y al cabo es de lo que se trata. Ser felices un poquito cada día, no solo los fines de semana, en agosto y navidades; sí, también los putos lunes, aunque sea un ratito. Lo cierto es que el bueno de Manolo lo consiguió porque de allí salimos con una sonrisa de oreja a oreja.
Estamos acostumbrados a verle cada dos o tres años, cuando publica nuevo disco y se acerca a la siempre fiel Valladolid a ver qué nos parece. Siempre nos gusta, pero son días en que dedica la mitad del repertorio a nuevas canciones y la otra mitad, a las antiguas; a las de su etapa en solitario y a las de El Último de la Fila, Los Burros, Los Rápidos... Y, sí, cierto es que siempre nos coloca el rictus de felicidad cuando se despide con una rancherita, pero pocas veces como el otro día.
No había canciones nuevas que presentar, ese San Gennaro poco conocido, a lo sumo. Todo lo demás fue un viaje en el tiempo. A ese 1995 en el que algunos le descubrimos en directo, también en Huerta del Rey, aún bajo el sello de El Último de la Fila. Desde entonces, Pisuerga, Huerta del Rey, Cubierta de Arroyo, Centro Cultural Miguel Delibes... y hasta Palencia o Marbella. Siempre con la felicidad de por medio.
En aquel concierto del 95, en la pista de Huerta del Rey no había sillas para reposar, ni se veían tantas canas, aunque supongo que muchos de los que coincidimos el pasado 16 de noviembre también lo hicimos aquel día cuando Quimi y Manolo se marcaron un conciertazo.
Pero Manolo no es solo nostalgia. A sus 64 tacos sigue ganando adeptos del siglo XXI. No es raro ver a chavales de nueve, once, trece años en sus conciertos, mediatizados quizá por horas de coche con Manolo de fondo, sí, pero encantados de escuchar su Llanto de pasión o su Océano azul antes que las cositas de Maluma. Y eso es felicidad, como la niña que abrazó a Manolo en uno de sus paseos entre el público. El abrazo de la felicidad.