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Julio Valdeón

A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


Los refugiados

27/08/2021

La llegada de los refugiados a Castilla y León ofrece lo mejor, lo más rescatable y emocionante de unas sociedades que tratan como puede de mitigar la debacle militar, política y moral en Afganistán. Nunca supimos muy bien a qué íbamos. Sí teníamos claras las consecuencias de abandonar. La medianoche del talibanismo caería de nuevo sobre unas poblaciones y unos ciudadanos que, mal que bien, habían catado algunas de las muchas prerrogativas que nosotros, pálidos niños consentidos, daríamos por supuestas. Pero el progreso no es algo inevitable y junto a las imágenes y titulares de los refugiados convienen los artículos que tachan de propaganda islamófoba la aparición de fotografías de hace 40 años, protagonizadas por afganas con faldas y sin velo. Ya sabemos que para algunos occidentales los derechos humanos son una cuestión relativa. Quiero decir, sometida a los caprichos de la altitud, los imponderables asociados a la latitud, los antojos de las viejas costumbres y la sacrosanta condición de unos atavismos, tradición y folclore que gustan cantidad siempre que los infortunados objetivos de sus caricias no seamos nosotros. Opinan los comisarios multiculturales que no colgamos fotografías de afganas vestidas como les salía de la bisectriz por melancolía o rabia. Tampoco para aclarar que no siempre Afganistán estuvo sometido a los caprichos salafistas. Ni para recordar que allí hay gente que preferiría disfrutar de la libertad aquí en la Tierra antes que opositar a un improbable Paraíso post mortem. Sostener que son mejores, más amables y empáticas las conquistas civilizatorias del laicismo antes que los bárbaros dicterios teocráticos ahora te convierte en islamófobo. Curiosamente no parece de mal tono defender la desaparición de la tauromaquia en base a un estatuto moral de los animales. Será que algunas cabecitas locas consideran más digno de protección la integridad de un cuadrúpedo que la de las mujeres afganas. Menos mal que la acogida de refugiados permite suponer que no todos somos un hatajo de canallas.