Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Rectora de la UEMC. Especialista en Comunicación Política


Políticos y educación

P uede parecer que es una relación mal avenida, incluso tóxica. Lo que está claro es que nuestro país, hasta el momento, no ha sido capaz de generar un estadio de consenso político que evite las yincanas de leyes educativas y los vaivenes electoralistas a los que está sometida, con demasiada frecuencia, la Educación. Esta dinámica de inestabilidad interrumpe el proceso de innovación educativa, imprescindible para promover el progreso social. Y recordemos que los tiempos de la innovación son los que son. Y si no nos agarramos al ritmo que marcan, nuestras nuevas generaciones se quedarán atrás. Irremediablemente.

Miremos al vecino Portugal, hoy convertido en referente mundial en mejoras educativas (con sus problemas también, pero pujante en innovación). No es casualidad que esta dinámica de vanguardia sobre la que reformula su política educativa se esté construyendo desde el consenso político. Más bien, es causa de la buena dirección en la que caminan. Consenso para impulsar la calidad formativa, consenso para abrir espacios a la igualdad de oportunidades y consenso para conectar la Educación con el crecimiento económico. Es decir: alfombra roja al pleno desarrollo pedagógico y bloqueo a las interferencias ideológicas. Todo un acierto.

Quizás tengamos que empezar por el principio. Por ejemplo, que la Educación sea un tema de Estado de forma inamovible. Aunque los avances educativos no suelan dar resultados a corto plazo (y por lo tanto supongan un menor rédito electoral), los gobiernos auténticos sabrán actuar con la responsabilidad que los españoles merecemos. O eso esperamos. Porque la Educación no puede situarse en una posición errante, como quien coloca a un pasajero dentro de un tren que no va a ninguna parte. Nos jugamos mucho. Incluso todo.

Necesitamos una arquitectura educativa sólida, sin grietas. No basta con decir que se cree en la educación, ni mostrarlo solo como un deseo sacado de la chistera electoral. Hay que empezar a construir por los puntos comunes, hasta llegar al final del proceso. Urge acción consensuada para hacer despegar una educación poderosa. Para ello, la brújula común (desde la Educación Infantil hasta le Educación Superior) debe orientarse a la formación de ciudadanos globales, compasivos, fuertes ante la adversidad, renovadores, capaces de articular su sistema de emociones a favor de la transformación empresarial y social. Y, para ello, hay aristas decisivas: más y mejor inversión; reorientar el fracaso escolar; incorporar el pensamiento digital y humanístico como línea formativa permanente; redimensionar el protagonismo de los docentes y proyectar su carrera; afrontar el bilingüismo operativamente; consolidar nuevas estrategias de inclusión e igualdad; modernizar el currículo educativo; o especializar y conectar la educación universitaria con las necesidades de los entornos socio-económicos y emprendedores. Son líneas de acción acuciantes porque, en materia educativa, quien no avanza, retrocede.

Precisamos diálogo, acción y resultados. ¡Desatar los nudos de esta época de espera! Estamos ya en tiempo de prórroga para impulsar la vanguardia educativa, a nivel legislativo y ejecutivo. Pero a tiempo. Por eso reclamo a nuestros políticos concordia para diseñar la nueva educación. Y -digo bien- políticos porque, a día de hoy, todos los candidatos a presidir el Gobierno son hombres (aunque este tema, hoy, como diría mi abuela, es harina de otro costal).