DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Balas y suicidios

30/04/2021

No es una pregunta retórica, es la duda de quien no sabe contestarse a la duda. En los periódicos de tiempos no tan lejanos los periodistas participábamos, convencidos, de la praxis de no informar de los suicidios y de comunicar únicamente a la policía los avisos de atentados que recibíamos de una voz anónima en la redacción, generalmente la colocación de alguna falsa bomba. En el primer caso se decía que el suicidio es contagioso, el precedente envalentona al deprimido o al débil. En cuanto a las amenazas violentas, porque su difusión causaba una inquietud innecesaria que minaba la convivencia. La mayor gloria del terrorista es lograr la notoriedad de sus actos.
En la actualidad la amenaza terrorista se ha convertido en el centro del debate político y muchos ciudadanos han tomado posiciones guiados por otros, por criterios ajenos que asumen como propios. Sorprende escuchar argumentos con un sesgo de radicalidad militante entre personas a las que uno consideraba con alto grado de sensatez en sus opiniones, como si también se jugaran en el envite un cargo y un sueldo. El envío de balas en sobres anónimos a dirigentes políticos puede responder a la acción de un demente o a la advertencia de alguien que tiene el propósito de matar. Incluso la capacidad de hacerlo. La pregunta es si el conocimiento público de estas amenazas terroristas contribuye en algo a que no se materialicen o si es asunto que requiere de discreción y que únicamente ha de quedar en manos de la eficacia policial. El clima de normalización de la violencia en el debate político contamina de fanatismo las relaciones sociales. Y el fanático es impredecible.
La única ventaja de haber convertido en noticia estos alarmantes sucesos, no obstante, es que se ha puesto más en evidencia la naturaleza democrática o violenta de los partidos políticos. El resultado electoral de Madrid será el termómetro de su contaminación social. Vox, confeso de abanderar la desigualdad social, el racismo y todas las fobias de un amplio catálogo en el que divide a los humanos, parece asumir ya sin complejos la amenaza de muerte como opción política. Al menos no le parece asunto grave. El 4M sabremos cuántos madrileños piensan lo mismo.