LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Aire

14/02/2021

Una gloria antigua, alimentada por trozos de leña de distintas clases y que resulta más efectiva que la chimenea de un hogar, ayuda a que el aula mantenga el calor. Febrero muestra su cara invernal y, aunque las tardes arañan unos minutos de luz que alargan el día, el agua y el viento dejan los cuerpos destemplados. Claudia, visiblemente nerviosa, escribe en la pizarra parte de la tabla del siete. Usando los dedos con disimulo, rellena los huecos en el encerado mientras Alberto, el profesor, protegido con su mascarilla, camina pensativo por la clase.
El pueblo, el mismo que se muere poco a poco desde hace décadas, con el éxodo de los más jóvenes hacia las urbes buscando un futuro lejos de un terruño carente de oportunidades, vuelve a cobrar vida. Varias familias, algunas sin empleo y otras empujadas por las nuevas formas de teletrabajo, se animan a apostar por las ventajas que supone residir en un núcleo rural, enclaves ubicados en plena naturaleza, que tienen ese algo que alimenta el alma.
Aparte de una pequeña reforma en los baños y en la sala de estudios, reconvertida en la clase de informática, los pupitres, sillas y percheros siguen siendo los mismos que había hace más de medio siglo. El colegio continúa prácticamente igual que entonces, aunque ahora tiene poco que envidiar a los de las ciudades. El centro dispone de proyectores, ordenadores y tablets que, eso sí, hay veces que se atoran por la mala calidad de las conexiones a internet. La mayor modificación que se ha registrado ha venido de la mano de la pandemia. Al margen de los estrictos protocolos establecidos para combatir al coronavirus, el número de niños escolarizados ha repuntado de manera notable, pasando de siete a 16 en sólo un año académico, todavía lejos de los más de 50 que tuvo en su momento más álgido.
Los compañeros de Claudia se concentran en completar los ejercicios antes de que el reloj ponga fin a las clases. Es viernes y huele a diversión. El profesor intenta dar las últimas instrucciones sobre las tareas que hay que completar, pero sus palabras se distorsionan entre el bullicio y el júbilo de la chiquillería que sale con ganas de disfrutar de dos días de fiesta.
Abrir la puerta, dejar los libros y a jugar en esas calles carentes de peligro. Del cole al hogar, en unos minutos. Ventajas de vivir en una localidad a menos de una hora en coche de dos capitales de provincia. Claudia y su hermano pequeño llegan andando a la casa de paredes de piedra, donde su padre les espera. A la vez que los chavales juegan a recoger leña, observan cómo entran las vacas en la tenada. Los pocos ahorros que la familia había conseguido juntar se invirtieron en remozar la antigua casona familiar, que se encontraba abandonada, y en acondicionar las naves en desuso que hacían las veces de granja, invadidas por las telarañas y el óxido desencadenado por el paso del tiempo. No fue un camino cómodo. La burocracia para obtener licencias y permisos lo retrasó todo. Muchos de los trámites sólo imponían pegas y condicionantes, generando desazón y que a punto estuvieron de que el matrimonio diera marcha atrás.
El mundo rural vive momentos complicados. La despoblación, generada por la ausencia de inversiones e infraestructuras, la escasez de oportunidades y la falta de servicios, es una condena que empuja de manera inexorable a una población envejecida hacia la desaparición. Sus gentes no se resignan y se aferran al arraigo, a una forma de vida que, generación tras generación, ha continuado con tradiciones y costumbres que mantienen muy viva una llama que, lejos de apagarse, continúa encendida. 
Las políticas ejecutadas desde los planes de industrialización fomentados en los años sesenta y setenta, el denominado desarrollismo, con una clara apuesta  por implantar fábricas en núcleos urbanos para conformar los famosos polos, en detrimento de los pueblos, han provocado un éxodo forzoso, que se ha hecho más visible con los Ejecutivos en democracia. Pese a las ayudas de Bruselas para fomentar la cohesión territorial, la política económica más reciente ha desmantelando un sistema de infraestructuras consolidado, para impulsar nuevos ejes de comunicación que estrangulan a determinadas zonas rurales, quedando aisladas del progreso, robando población y futuro. Es vital implantar políticas creativas y valientes que impulsen nuevas inversiones, mejoren la fiscalidad para los emprendedores de estos enclaves y garanticen la sanidad y las telecomunicaciones.
Desde su ventana, Claudia sigue con atención el vuelo de una pareja de cigüeñas hasta que alcanzan el campanario. Han llegado para quedarse. Las zancudas retocan el nido que permanece vacío en invierno, pero al que por estas fechas regresan para sacar a sus crías adelante. Ya hay municipios que ofrecen la posibilidad de disponer de una vivienda gratis, regentar bares con condiciones muy ventajosas o garantizan un puesto de trabajo. Todo para que sigan vivos. Quizá la pandemia empuje también a revitalizar esos pueblos. La gente necesita aire.



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