CARTA DEL DIRECTOR

Óscar Gálvez


La eterna crisis del PSOE

La previsible convocatoria electoral en ciernes para el 10 de noviembre solo pilla por sorpresa a los optimistas que pensaban que antes de que expirase el plazo se daría un escenario de entendimiento entre alguien. Aunque fuera de mínimos. Pero según parece, a tenor de lo que se habla con unos y otros, de esos optimistas quedan pocos ya, es como si no hubieran existido nunca. Resulta ahora que todo el mundo sabía perfectamente que íbamos a elecciones, y lo afirman con el mismo convencimiento con el que PP, Ciudadanos y Vox proclamaban antes del 28 de abril que Pedro Sánchez tenía ya un pacto oculto con los independentistas catalanes y los radicales de Podemos para hacerle presidente. 
La vuelta de nuevo a las urnas era lo que esperaban, al parecer, en todos los sitios menos en el PSOE de Valladolid, que se metió en una gresca interna de consecuencias imprevisibles justo en la antesala de unos comicios para los que el socialismo provincial precisaría más calma que tempestad. Las trifulcas en los partidos suelen ser un factor que los ciudadanos tienen en cuenta a la hora de excluir papeletas si hay elecciones a la vista. Y ese escenario es real a falta de que llegue el lunes y se disuelvan las Cortes en ausencia de una investidura. Es entendible que al electorado le resulte difícil votar a un partido que exhibe sus diferencias internas con poca mesura, incluso en el supuesto de que existan razones para esa crisis interna. Es cierto también que, en ocasiones, a las formaciones políticas no les queda otro remedio que intervenir, incluso a fondo, porque consideren que peor que un mal resultado electoral es dejar las cosas quietas y que los problemas se enquisten.
El PSOE de Valladolid lleva en crisis galopante desde mayo. Orgánicamente, claro está. La incontestable victoria de Óscar Puente en la capital, suficiente para revalidar la Alcaldía, es lo que de alguna manera pone el barniz a unos malos resultados globales de su partido en la provincia. Desde el primer día después de las elecciones municipales, los focos quedaron puestos sobre la secretaria provincial, Teresa López, que lejos de dar un paso atrás consecuente con el varapalo electoral que ella misma sufrió en Medina del Campo, se enrocó en su entonces ya muy debilitado liderazgo, exponiendo al partido a una crisis interna que se ha prolongado por demasiado tiempo y cuyo final, sea el que sea –se acaba de convocar congreso extraordinario para el 13 de octubre– puede tener incidencia en las elecciones del próximo 10 de noviembre. Porque de un día para otro es imposible cambiar el relato de unos hechos que han colocado a este partido en el centro de las peleas políticas en los últimos cien días, con episodios surrealistas para la elección de portavoz en la Diputación, por ejemplo, y abundancia de declaraciones que, por muy razonables que pudieran ser, por el camino se iban convirtiendo en gasolina con la que hacer mayor el fuego. Y cuanto mayor es la llama, más atrae la atención de los ciudadanos.
El Partido Popular de Valladolid, mientras tanto, aguarda las elecciones con más calma. Sus cuitas internas no han desaparecido, pero ya no las propagan a los cuatro vientos. Es cierto, también, que la antesala de las municipales y autonómicas de mayo estuvo sembrada de todo lo que no debe ocurrir en un partido y que tuvo su continuación en el órdago que el todavía presidente provincial del partido y consejero de Agricultura, Jesús Julio Carnero, lanzó a la dirección nacional para seguir al frente de la Diputación Provincial. Se quedó en el ámbito interno y no ponía en riesgo la imagen ante el electorado porque ya se habían celebrado todas las elecciones previstas. Ahora, en el caso del PSOE es distinto. Están a la vuelta de la esquina. Convocado el jueves el congreso extraordinario de los socialistas en Valladolid está por ver si éste servirá para cerrar heridas o solo se darán unas puntadas a las costuras. La historia del PSOE vallisoletano no es precisamente de paz. En sí mismo, el PSOE en general tampoco lo es. Las discrepancias internas alcanzan siempre dimensión pública y a veces ponen en riesgo la verdadera razón de ser de un partido. Ahora bien, siempre será mejor que se puedan expresar las diferencias en un contexto de normalidad que dar apariencia de unidad siendo falsa. Y de todo hay.


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