A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


Centrifugados

30/08/2020

Los padres tienen que firmar que los niños no tienen fiebre, los casos siguen al alza y ya no sabemos si saldremos de ésta volviendo al confinamiento, con la vacuna o en una caja de madera bien pulida. Lo único seguro es que no hay nada seguro. Que los cazadores de mariposas y tendencias fallan más que una escopeta de feria. Que las conspiraciones estaban equivocadas y que no hubo un plan mundial para encerrarnos, destruir la economía y ahogar a los ciudadanos. Hubo, hay, unos gobernantes pirómanos. Unos inútiles que, según escribió el director de The Lancet, tendrían que responder ante los tribunales. Gente como el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez. Alguien que por todo currículum puede exhibir haber salvado al PSOE de la debacle de la socialdemocracia europea mediante letales transfusiones populistas y abrasadores coqueteos con todos los enemigos imaginables del entramado parlamentario y liberal, de los nacionalistas identitarios a los peronistas. O prodigios, al otro lado del mar, la mar y etc. como ese inefable Donald Trump. Tanto el constructor rubio como el moreno tostado en el palacio de Mohammed II achacan sus catastróficos errores de gobernanza a los políticos locales. Pero el fracaso es suyo. Corresponde a un centro neurálgico dimitido. Rechazaron coordinar. Pusieron a los taifas gobernadores y alcaldes a competir entre ellos, como peones locos. Dentellada a dentellada uno abría puertas y otro cerraba ventanas. Uno compraba mascarillas. Otro las perdía. Así hasta que la pila de muertos hizo de nosotros, Estados Unidos, España y Reino Unido, una Camboya profunda de cunetas víricas y fiambres sin certificado y muertos de asco, inanición y pandemia. Si algo demuestra lo ocurrido, descontado el riesgo que supone dejar en manos de escualos populistas el timón de la cosa pública, es que lo cercano, doméstico, autonómico y centrifugado no es siempre mejor. Ni en términos morales ni en cuestiones relacionadas con la eficacia. Los liliputienses no atendían al bien global y los capataces abandonaron el barco.