UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Villalar 21

19/04/2021

La celebración en estas fechas del Día de Villalar, fiesta oficial de la Comunidad, es siempre una buena ocasión para reflexionar sobre nosotros mismos. Por más que nos falte la presencia física, que para muchos paisanos se había convertido en una costumbre año tras año, el sentimiento colectivo está ahí, libre del riesgo de contagio; y esta es la opción, sustituir la celebración material por otra espiritual en la que no falte la cercanía, aunque sea en esta otra dimensión menos perceptible.
Este año, además, se cumplen cinco siglos de aquel acontecimiento que se conmemora el 23 de abril: una batalla en la que el punto de contacto con la percepción histórica que llega hasta la actualidad es una derrota a la que se atribuyen efectos nocivos sobre la configuración de una identidad colectiva propia de las gentes que habitamos esta parte del territorio nacional que es la Cuenca del Duero; incluso está extendida, y yo creo que con bastante fundamento, la idea de que nuestro  elemento diferencial más importante no es  tanto la historia, sino la geografía, como si lo que nos proporcionara un cierto carácter propio no fuera el pasado común, sino el hábitat compartido, ese que alcanza desde el nacimiento del Duero en los confines de Soria hasta su éxodo a Portugal en los confines de Zamora, de un lado a otro, y, arriba y abajo, el curso de las aguas de tantos afluentes que le llegan del Norte y del Sur.
Si estas que digo son circunstancias objetivas, no debiera apenarnos tanto el hecho de ostentar una identidad tan diluida. Arrastramos con cierta inquietud el no sentirnos tan diferentes como se sienten otros, el estar tan integrados en lo común, que no encontramos margen para la distancia. Como si la autonomía sólo tuviera sentido cuando constituye la expresión institucional de una identidad diferenciada que hay que exhibir en litigioso contraste con lo común. Pero no es así. Es cierto que la historia es la historia, y ni la individual ni la colectiva admiten ya modificación; pueden interpretarse de otra manera, pero no pueden cambiarse por otra distinta. De modo que lo más razonable, y lo más positivo, será concebir nuestra autonomía como un instrumento útil para progresar y mejorar, sin dejarnos atrapar ni por la resignación, ni por la nostalgia.