Corta pero intensa

Jesús Anta
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Calle Chancillería

Corta pero intensa - Foto: Jonathan Tajes

Asomarse a la calle de Chancillería casi produce vértigo habida cuenta de la historia tan potente que evocan el nombre y los edificios de la misma.Toda la calle está dominada por la antigua Real Audiencia y Chancillería de Valladolid, a la que antiguamente se entraba por la calle Ramón y Cajal.  Lo que ahora queda de aquel órgano judicial tan poderoso es su Archivo.
El palacio de los Vivero (actual Archivo Histórico Provincial), el Archivo de la Real Chancillería, la biblioteca Reina Sofía (antigua Cárcel de la Chancillería), y el Palacio de Congresos Conde Ansúrez (que está detrás de la biblioteca), forman una especie de puzle de edificios que en su día configuraban en su totalidad la Real Chancillería. 
Para mejor entender el puzle,  diremos que el palacio de los Vivero era una auténtica fortaleza con sus torres, murallas y garitas que ocupaba toda la manzana. Fue confiscado por los Reyes Católicos. La Corona decidió  establecer en él la Audiencia y la Chancillería, una entidad que había sido creada por Enrique II de Castilla en 1371. Aunque la verdad es que el palacio no se empezó a ocupar para tal fin hasta que en tiempos de Juana I de Castilla el vizconde de Altamira, que había sido el propietario del palacio,  consiguió que la Corona le resarciera por el quebranto producido a causa de la expropiación que había padecido.
De las funciones de la Chancillería ya solo queda el actual Archivo. Un depósito imprescindible para los historiadores de toda España, pues solo hubo dos chancillerías en el país: esta y la en el siglo XV se creó primero en Ciudad Real y luego se trasladó a Granada. La Chancillería de Valladolid se suprimió en 1834, y del edificio original que como tal mandó construir Felipe II,  queda muy poco rastro.
La Chancillería era generadora de gran actividad y riqueza en la ciudad. Debe tenerse en cuenta  la ingente cantidad de jueces, alcaldes del crimen, oidores, procuradores, escribanos, guardias, etc. que se movía en la Chancillería. Además, los pleitos duraban incluso años y era normal que los  interesados, que venían de media España, se aposentaran en la ciudad hasta que se dictara sentencia. De hecho, había fondas que estaban especializadas en acoger solo a pleiteantes, pues no solía ser gente pendenciera.
Posteriormente –finales del siglo XVII-  se construyó la Cárcel de la Real Chancillería. De estilo clasicista y clara influencia herreriana, el edificio está coronado por el escudo real, aunque su blasón está picado y, por tanto, irreconocible.  Desaparecida la Chancillería, siguió siendo cárcel hasta 1935, año en el que construyó la cárcel nueva que ahora es un Centro Cívico en la cercana calle Madre de Dios. No obstante, a raíz del levantamiento militar contra la República, volvió a ser ocupada durante unos años como presidio. Tras un largo abandono, en 1988 se inauguró como biblioteca universitaria tras una completa restauración,  poniéndole el nombre de Reina Sofía. 
Haciendo rincón con la fachada de la biblioteca, está la antigua Casa del Alcaide de la cárcel. Ahora son dependencias universitarias y en ella está el Instituto de Historia Simancas.
Frente a la biblioteca, en la otra acera, está la Residencia de Nuestra Señora del Carmen. Se trata de un edificio en ladrillo de 1918. Está gestionada por la Asociación Vallisoletana de Ayuda a la Ancianidad y la Infancia (ASVAI). Una institución que se fundó a finales del siglo XIX y  surgió al unirse la Asociación de Amigos de los Pobres y el Asilo de la Ancianidad. En 1907 crearon el Asilo de la Caridad, que así se llamó hasta el año 1962.
Y, desde luego, no se puede pasar por alto la Real Academia de Medicina y Cirugía, que es la primera puerta de la acera derecha de la calle. Su historia se remonta a la década de 1730: es la segunda que se creó en España, después de la de Sevilla.
La calle, que solo tiene dos edificios de viviendas  y unos pocos locales comerciales, termina en el Colegio Amor de Dios, cuyo centro infantil, un pequeño edificio de estilo afrancesado, fue mandado construir en el XIX por uno de los artesanos más interesantes de la historia de Valladolid: el marmolista Cazenave.