Corredor de fondo

O.G.
-
Corredor de fondo

Alfonso Fernández Mañueco, ahora presidente de la Junta, empezó de ayudante del grupo municipal del PP en Salamanca

El lunes 29 de abril, el nuevo presidente de la Junta de Castilla y León no tenía  cuerpo como para celebrar su 54 cumpleaños: el escrutinio de las elecciones generales del día anterior, convertido a las pocas horas en titulares matutinos que hablaban de derrota histórica del PP en la Comunidad, no se puede decir que fuera la mejor manera de comenzar un día que todo el mundo procura vivir con cierta dosis felicidad. Aunque lo que estaba en juego ese día era el Gobierno de España y el cabeza de cartel era Pablo Casado, ese fracaso también era suyo como presidente autonómico del partido. Desde entonces hasta hoy han transcurrido dos meses y medio y, sin embargo, aquella jornada gris que pudo representar el principio del fin de su carrera queda ahora como un recuerdo difuso. Sobre todo, en días como el pasado martes o como hoy mismo, en los que ser investido presidente del Gobierno de Castilla y León y tomar posesión del cargo es de suponer que hacen olvidar cualquier tiempo pasado que fuera peor. Ahora bien, ese episodio del 28 de abril, repetido cuatro semanas después en las elecciones municipales y autonómicas, fue real, una señal que debe resultarle suficiente al nuevo presidente para ser consciente de lo delgada que es la línea que divide el éxito del fracaso, de que la distancia entre los infiernos y el cielo es corta y que su recorrido puede ser igual de rápido en un sentido que en otro.
Fernández Mañueco ha tenido casi siempre el santo de cara en su vida política. No hay que escatimarle méritos propios para llegar hasta aquí, pero lo cierto es que en Castilla y León lo laudable en las últimas tres décadas en las aguas movedizas de lo político sería mantenerse vivo perteneciendo al PSOE. Ahí están las pruebas: Herrera, de quien hoy termina de tomar el testigo definitivamente Fernández Mañueco, ha confrontado durante su mandato hasta con cinco líderes socialistas distintos: Jesús Quijano, Ángel Villalba, Óscar López, Julio Villarrubia y Luis Tudanca. El socialismo de esta Comunidad ha sido una máquina de destruir líderes y equipos. Salvo excepciones de tinte local duraderas –pocas, como Soria y Segovia– no ha existido. Y digo bien, porque en realidad se trataba de autodestrucción. Otra cosa bien distinta es que quien activaba el botón de la trituradora socialista era el PP con sus constantes y contundentes victorias electorales. Por eso, aun sin restarle méritos al nuevo presidente, lo cierto es que pertenecer al PP y, además, formar parte de sus cuadros directivos han dado históricamente un plus de durabilidad en los cargos, como lo demuestran ejemplos en todo tipo de instituciones, desde las diputaciones a las Cortes, pasando por el Congreso y el Senado. Con justicia o no, las urnas terminaban otorgándoles la razón.
LA VOCACIÓN. El caso del nuevo presidente, no obstante, no puede validarse de la misma manera. Alfonso Fernández Mañueco tiene el mérito de la paciencia. Él mismo presumió de ella en el debate de investidura y razón no le falta. Sin esta cualidad, difícilmente se puede llegar a la cima de una manera natural, sin hacer más ruido del necesario y la tranquilidad de quien cree que va en el buen camino. Despierto y ágil ante los riesgos, pero sin agitaciones que desgastan en vano. Después se precisan otras virtudes, como la vocación. ¿Por qué no se puede ser político de profesión? Resulta preocupante la corriente generalizada de que largas trayectorias en política se asocien a vivir del cuento. Por acción de unos y omisión de otros, alguna responsabilidad para tan mala imagen tienen quienes la ejercen, pero no es el caso de la mayoría. Veinticinco años de experiencia en cualquier otra actividad sería un plus de madurez y responsabilidad a ojos de la gente; en política, una cruz. Mañueco los ronda. Muchos de quienes hoy le vean jurar hoy cargo en las Cortes conocen a la perfección sus comienzos políticos, de los que lejos de renegar debería presumir en un momento en el que cotizan bajo valores como el sacrificio y el esfuerzo y prima la ambición con prisas, los atajos. No era el chico de los recados, pero casi: año 1991, un empleado del grupo popular del Ayuntamiento de Salamanca al que el entonces portavoz municipal, Julián Lanzarote, le encargaba que hiciera las fotocopias de las actas de las comisiones, coordinar las reuniones internas y convocar a los periodistas para las declaraciones de los concejales. Es cierto que ya llevaba tiempo de militancia en Nuevas Generaciones y que apuntaba maneras, pero su papel en esos años antes de dar el salto a la política de verdad tenía mérito, porque su trabajo era pura trastienda, sin brillo, sin focos. Este primer contacto con la política en una institución ejemplifica lo que perfectamente puede ser una trayectoria guiada por la vocación que, en su caso, como en el de muchos otros, se ha convertido en profesión. E incluso es posible que algunos de los que hoy están tentados en negarle el pan y la sal se vean reflejados en su camino. No es criticable cumplir quinquenios en estas lides sino desaprovecharlos, tanto por el bien común como el propio.
Políticamente le apadrinó Julián Lanzarote, que tras ese empleo en el grupo le aupó a la candidatura municipal de 1995, con la que arrasó el PP en Salamanca. Le hizo su mano derecha, secretario provincial del partido con él como presidente y tardó poco en dar el salto a la Diputación como número dos y después para liderarla. Entre tanto, forjó una relación de confianza muy estrecha con Juan Vicente Herrera, cuando nadie imaginaba en lo que se iba a convertir después. En aquel momento, años 1998-1999, presidía el PP de Burgos, era portavoz parlamentario del PP y no salía, ni de lejos, en ninguna quiniela que hiciera pensar lo que estaba por llegar. Herrera se refería entonces a Mañueco como un gran amigo suyo que estaba de presidente en la Diputación de Salamanca. Le elogiaba entre terceros sin él delante. No era de extrañar, por tanto, que cuando José María Aznar hizo ministro a Juan José Lucas y éste señaló al burgalés para sucederle al frente de la Junta, en marzo de 2001, pensase de inmediato en el salmantino para incorporarle a su primer Gobierno. Y después, para el segundo y el tercero. Así, hasta que en 2011 recibe el encargo de sustituir como cabeza de lista en Salamanca a un desgastado Lanzarote para no poner en riesgo las opciones electorales de la Alcaldía charra. Y arrasó.
CONTROL INTERNO.  La distancia física al volver a Salamanca también empezó a convertirse en personal. Sin embargo, en los sucesivos congresos del PP Herrera nunca le sustituyó como secretario general del partido en Castilla y León, un cargo que Alfonso Fernández Mañueco desempeñó entre 2003 y 2017 con más diligencia de la que le reconocían sus críticos, que los ha tenido y los tiene, aunque ahora ya con menos poder. La relación se fue enfriando hasta el punto de que en el eterno debate sobre la sucesión al frente del PP regional –que de facto siempre había supuesto que el líder fuera el candidato popular a la Junta– el alcalde de Salamanca nunca figuró entre las preferencias del líder. Sin embargo, la indefinición de Herrera sobre cuándo y cómo afrontar el relevo, y también la lentitud a la que inexorablemente llevaba ésta, daba alas a Fernández Mañueco frente a cualquier rival. La prueba se vivió en 2017, cuando el salmantino obtuvo una incontestable victoria entre la militancia para tomar las riendas del PP. Eran ya los tiempos de relación fría, por temporadas inexistente, entre ambos. Hasta hoy, cuando posiblemente se den las mejores condiciones para recuperar los afectos perdidos. Ahora, como buen corredor de fondo que ha demostrado ser, es  posible que se haya propuesto lograr el título de barón respetado en el PP que tanto se le ha resistido a Castilla y León y que Herrera solo ha ejercido de manera intermitente. Y puestos a elegir, que se le respete porque se le tema.