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El obelisco de la Plaza Mayor

D.V.
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El monumento se había convertido en una china en el zapato del Ayuntamiento. Cuando se acordó erigir, los concejales dijeron que se debía gastar en él lo menos posible

El obelisco de la Plaza Mayor

Corría el mes de marzo de 1877 y el concejal encargado del ornato público de Valladolid hizo un informe sobre un obelisco que había en el centro de la Plaza Mayor. Estaba instalado sobre el pedestal que unos años antes se puso para encaramar en él la estatua del Conde Ansúrez que se había encargado al escultor y profesor de la Escuela de Artes y Oficios Ramón Fernández de la Oliva (autor de la escultura de Cervantes en la plaza de la Universidad). El celoso concejal va desgranando, entre otros, los siguientes comentarios: que la permanencia del obelisco en la plaza «es ofensiva a la reconocida cultura de la capital de Castilla la Vieja»; que «Valladolid es una ciudad que cuenta en su seno con numerosos y clarísimos talentos en todas las ramas del saber humano, y en la que existe una de las siete Academias de Bellas Artes que hay en toda España»; que, además,  Valladolid «es una población visitada constantemente por muchos nacionales y extranjeros». Y, concluye, «es muy grande la tristeza que causa ver dicho obelisco, y no pequeño el asombro que se apodera de todos cuantos le ven». En consecuencia, propone que el Ayuntamiento acuerde la desaparición del feo obelisco. Por cierto, la instalación de obeliscos estaba de moda en España, pues por aquellos años, Madrid, Sevilla, Cádiz y otras poblaciones estaban erigiendo obeliscos en alguna de sus plazas.

El Pleno municipal respalda dicho escrito y acuerda retirar el obelisco y que se continúe con las gestiones para hacer el monumento al Conde Ansúrez, que se había acordado hacía quince años.

La Plaza Mayor, en aquella década, es la que se refleja en la imagen que ilustra el artículo. Realizada por el fotógrafo Jean Laurent y conservada en el Archivo Municipal de Valladolid. El suelo estaba empedrado de canto pelón entre recuadros de cintas de adoquines. Y los 'artefactos' que se ven en la foto, son los puestos de venta con sombrilla que cada día instalan los comerciantes.

Desde luego, aquel obelisco en medio de la Plaza Mayor se había convertido en una china en el zapato del Ayuntamiento. Al parecer pocos lo querían, y su instalación ya fue polémica desde el principio. Se levantó en 1873 para celebrar la proclamación de la República Democrática Federal, con una fuerte discusión sobre de donde sacar los fondos para su erección. El caso es que la República fue eliminada en diciembre de 1874 y restaurada la monarquía borbónica, tras el pronunciamiento del general Martínez Campos, pero el obelisco, tres años después, aún seguía de pie.

Un monumento que cuando se acordó erigir, los propios concejales dijeron que tenía un carácter provisional y que se debía gastar en él lo menos posible. Pero resistió bastante más de lo esperado. Habida cuenta de que el pedestal sobre el que se erigía el obelisco estaba previsto para instalar una escultura del Conde Ansúrez, se acordó que provisionalmente se pusiera una estatua del conde realizada en yeso, cosa que no se hizo. Y ahí siguió el obelisco.

Ciertamente el polémico monumento, pasada la República, no contaba con muchas simpatías, al menos de los conservadores y de parte de la prensa, e incluso era motivo de burla: cuando en cierta ocasión El Norte de Castilla criticó la falta de agua en la ciudad, en una gacetilla escribió que casi todas las fuentes «están más secas que el obelisco de la plaza».

Desconocemos cuando finalmente se desmontó el dichoso obelisco (quizá hacia 1879), pero lo cierto es que resistió unos cuantos años contra viento y marea.