TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El ambiente

25/05/2020

Es evidente que la mayor ausencia en este nuevo fútbol es la del público. Pero, ¿por qué lo notamos tanto? ¿Por qué nos llama tanto la atención? Jurgen Klopp, casi siempre certero en sus reflexiones, quitaba hierro al asunto: todos nosotros empezamos a jugar sin público en las gradas, no debería ser extraño. Pero la masa del graderío es algo más que 'sólo' público: hay sentimiento y hay ruido y hay color. Estas dos jornadas de Bundesliga han sido suficiente prueba para ver que este fútbol aséptico del coronavirus es de una frialdad desesperante.

La afición dentro de un estadio, no obstante, es mucho más que un factor ambiental. Si cierras los ojos y viajas de memoria a tus momentos más felices en una grada, inmediatamente recuerdas a quién te abrazaste, quiénes estaban a tu alrededor, puede que el olor de un bocata o un puro, el grito ensordecedor del que fuiste partícipe.

Cuanto más maltratado está, más imprescindible se hace: el aficionado era antaño el sustento de los clubes y hoy los abonos son apenas un pequeño porcentaje en los grandes presupuestos de elite. Tenía el poder de cambiar las cosas, pero ahora es el último mono en ese entente que han formado gerifaltes preocupados por el negocio y televisiones que ídem. Y sin embargo, cuando ves un partido a puerta cerrada te das cuenta de que sigue siendo elemental, algo más allá del paisaje.

Por algo teles y jefazos se interesaron tanto (con amenazas de sanción económica incluidas) en que la grada frente a las cámaras de televisión superase el 75% del aforo: necesitan al público para vender el fútbol como algo interesante. Si las gradas están vacías, el mensaje es hueco. Sin público el fútbol es sólo un juego, y a nadie le interesan los juegos ajenos si no hay pasión.