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José Almirante y Torroella, historiador militar

Jesús Anta
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Supervisó la adecuación de los antiguos conventos desamortizados en cuarteles. Adquirió justa fama como escritor militar. Una de sus obras es la 'Guía del oficial en campaña'

José Almirante y Torroella. - Foto: © Museo del Ejército

Una calle en Valladolid, una placa en la fachada de la Comandancia de Obras que hay en la calle General Almirante, y su enterramiento en el Panteón de Personas Ilustres del cementerio del Carmen de Valladolid, dan noticia pública de la vinculación que tuvo con esta ciudad el teniente general de división D. José Almirante y Torroella.

Se trata del que acaso sea el más importante tratadista militar del siglo XIX. Autor de un buen puñado de libros y artículos, algunos de cuyos títulos han sido material de estudio no solo en academias militares sino en diversos estamentos de la vida civil.

José Almirante nació en Valladolid el 16 de julio de 1823. Era hijo de una teniente coronel de Infantería, y a los doce años ingresó en la Academia Militar de Segovia. Concluidos con brillantez sus estudios, a los quince años ingresó en la Academia Especial de Ingenieros, en cuyo ramo llegó a alcanzar el grado de general de División, y que si no obtuvo el grado de teniente general, al parecer fue más bien por motivos políticos.

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A lo largo de su vida el general recaló dos veces en su ciudad natal para desempeñar diversos destinos. Por ejemplo, en 1871 vino en calidad de subinspector de Ingenieros de Castilla la Vieja. Volvió en 1876, y permaneció en la ciudad hasta 1881, año en el que fue ascendido a mariscal de campo y al año siguiente le destinaron a Cuba. En Valladolid, entre otras cosas tuvo de supervisar la adecuación de los antiguos conventos desamortizados en cuarteles, como el caso de San Benito o la Merced, además del traslado de la Capitanía General al antiguo Palacio Real de la plaza de San Pablo, que hasta entonces estaba alojada en la vieja Chancillería.

Entre medias de Valladolid y Cuba tuvo una de las más ingratas tareas que se pudo imaginar, y en este punto vamos a seguir el libro de José María de Campos Setién que sobre el General Almirante publicó hace una decena de años. A finales de 1871 José Almirante fue llamado para organizar y desempeñar la secretaría del Cuarto Militar del rey Amadeo de Saboya. Y en ese desempeño vivió con amargura las trifulcas políticas que rodearon aquel breve reinado, en las que Almirante, con lealtad al rey, no se inmiscuyó. Finalmente, formó parte del escaso séquito que acompañó a Amadeo al abandonar España en febrero de 1873, tras su abdicación.

Una crónica de la época que recoge diversas opiniones, describe a José Almirante como una persona un tanto cáustica en su conversación, sereno en sus juicios, discreto y sagaz observador. Pensaba hondo y escribía con claridad de tal manera que sin perder un ápice de rigor y vasta erudición, sin embargo era de amena lectura incluso para el no profesional.

Adquirió justa fama como escritor militar. Una de sus obras más notables es la Guía del oficial en campaña, y también su gran Diccionario Militar Etimológico, Histórico y Tecnológico, además de su Bibliografía Militar de España. A su vasta obra literaria hay que sumar manuales militares y estudios de historia, como la de la famosa guerra franco-germana. Además, sobresalió en los numerosos encargos técnicos que le adjudicaron, tales como iniciar los trabajos topográfico y catastral de España, la fortificación de Santander y de la Ciudadela de Barcelona, redactar una nueva Ordenanza de régimen y disciplina militar, reorganizar el servicio de transportes militares por ferrocarril, etc.

Le fueron concedidas importantes distinciones, y en 1874 por unanimidad fue elegido miembro de la Real Academia de la Historia. No obstante, su gran amargura fue no habérsele reconocido sus méritos ascendiéndole a teniente general.

 

HOMENAJE

Falleció en Madrid en agosto de 1894 a los 71 años, y su cadáver se trajo a Valladolid y enterrado en el panteón familiar del cementerio del Carmen. Mas, en 1912, sus compañeros del Cuerpo de Ingenieros iniciaron una campaña de reivindicación de la memoria de tan ilustre militar. Fue sensible el Ayuntamiento a tales pretensiones, y en sesión del 25 de abril de 1913 se acordó trasladar sus restos al Panteón de Vallisoletanos Ilustres (actualmente Panteón de Personas Ilustres), dedicarle la calle donde nació y poner una lápida en su casa natal, pero como no se localizaron ni una ni otra, decidieron que la placa se pusiera en la fachada de la Comandancia –donde residió cuando estuvo en Valladolid- y cambiar el nombre de la calle donde está (que se llamaba calle de la Milicia) por General Almirante. También se decidió erigirle una estatua mediante suscripción popular, pero aquello no llegó a cuajar. Y el 8 de junio del mismo año, los restos del general fueron trasladados al panteón acompañado por numeroso público, por representantes de todos los estamentos vallisoletanos y en medio de honores militares, banda de música y salva de fusilería.