ZARANDAJAS

Pablo Álvarez

Periodista


Caemos mal

Valladolid cae mal. Resultamos antipáticos. Sí. Puede que ya no sea el odio que cosechábamos hace no tanto tiempo entre nuestras provincias vecinas, pero reconozcámoslo: decir que eres de Valladolid en León, en Burgos, Salamanca o Palencia -por citar cuatro vecinos- suele ir acompañado de la respuesta: «¡Vaya! De Valladolid!», a lo cual le sigue tu mirada perdida al suelo y casi la necesidad de pedir perdón, aunque no sepas muy bien por qué. Luego es cierto que según avanza la conversación esta cuestión se diluye, pero, de primeras, toca agachar las orejas si no quieres iniciar la relación con una discusión.
Cuando las matrículas de los coches comenzaban por las letras de cada provincia había temor de dejar aparcado el coche en alguna de las mencionadas capitales por miedo a encontrar un rayón o la antena doblada. Si tenías el parabrisas trasero lleno de mierda se solventaba con una pintada con el dedo de ‘Fachadolid’ seguida de ¡guarro!
Estamos en el siglo XXI. Año 2019. Castilla y León, como Comunidad Autónoma ha cumplido ya 36 añitos, que se dice pronto, pero esos recelos hacia Valladolid se mantienen tan vivos como el primer día. O más. Siete lustros y pico no han sido servido para avanzar ni un poquito en esa labor que era construir un proyecto común. De aquella canción que intentó convertirse en himno popular que decía: nueve provincias, una comunidad, un futuro, una identidad; lo único claro que hay es que somos nueve provincias. Sobre lo demás hay dudas. Dudas de que seamos una comunidad. Dudas del futuro. Y muchas más dudas sobre la identidad.
La autonomía de Castilla y León se ha cimentado sobre el pragmatismo en la prestación de los servicios públicos; dejando de lado identidades de proyectos comunes y la construcción de un sentimiento de orgullo de pertenecer a una misma tierra.
Pero no nos engañemos. Valladolid no tiene la exclusiva de que el resto de vecinos te miren con recelo. Mira en Murcia, una comunidad uniprovincial donde cartageneros y murcianos no se pueden ni hablar. En Andalucía, Sevilla también sufre en mayor o menor medida un caso similar al de Valladolid. Y en otras regiones con un sentimiento territorial más arraigado, tuvieron que buscar soluciones salomónicas a la cuestión de la capitalidad. Véase Mérida, para no elegir entre Cáceres y Badajoz; o Santiago de Compostela, para no reconocer ese papel a La Coruña.
El debate sobre la capitalidad que ha abierto José Antonio de Santiago Juárez no tiene ningún recorrido, más allá que tratar de que el resto de partidos se retraten durante su debate en Valladolid y simplemente ver cómo se diluye en pocas semanas. De paso, también da la bienvenida así a Alfonso Fernández Mañueco como presidente de la Junta de Castilla y León para marcar territorio. Mientras tanto se ha conseguido enfadar, un poco más al resto de las provincias vecinas, que siguen mirando a Valladolid como el causante de todos sus males con esa cantinela de ‘Todo para Valladolid’, que ni siquiera de tanto repetirla se puede convertir en cierta.
Tiempo tuvo De Santiago-Juárez de abrir ese debate cuando tenía todo el poder para que realmente se pudiera materializar. Ahora, todo lo que se haga se quedará en mucho ruido y pocas nueces. Si realmente sirviera de algo un reconocimiento como capitalidad más allá de la mera formalidad de aparecer en los libros de texto (excepto en los de Cataluña), seguro que este tema se hubiera resuelto hace mucho tiempo. Mientras tanto, convendría dejarlo estar. Al menos, con las matrículas de los coches homogéneas para todo el país ya puedes ir a cualquier ciudad vecina sin miedo a volver con un rayón. Eso es lo más que hemos avanzado. No lo estropeemos.


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