TITULARES DEL FUTURO

Belén Viloria


¿Somos nuestra mayor amenaza?

09/08/2020

El 6 y 9 de agosto de 1945, en sólo 4 días, en sólo 2 ciudades; Hiroshima y Nagasaki, más de 170.000 personas murieron. Y en estos 75 años, como consecuencia de ello más de 600.000. «Traté unos 6.000 pacientes, quizás 10.000. Después de eso no quise continuar mi carrera como doctor. Todas las personas que vi murieron, una tras otra. No hubo nadie a quien pudiera salvar». Shuntaro Hida, médico en Hiroshima.
Desde entonces afortunadamente nadie se ha atrevido a volver a utilizar armas similares, sin embargo, en el mundo, hay más de 13.000 armas nucleares, muchas de ellas listas para ser lanzadas en cualquier momento. El riesgo de que se vuelvan a emplear está creciendo y a día de hoy aún no ha entrado en vigor el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, firmado por 122 países en 2017, debido a que necesita ser ratificado por al menos 50, y sólo hay 40.
Las imágenes de los efectos devastadores de las armas nucleares y de la radioactividad que generan no se olvidan, y si se volvieran a utilizar, probablemente no quedaría nadie para ayudar a los potenciales supervivientes. Ahora bien, parece que la vida animal y vegetal tiene más suerte y oportunidades que nosotros. 
El ecologista James Beasley ha estado investigando junto a otros, sobre el impacto en la vida animal en las zonas de los reactores nucleares de Chernobyl y Fukushima Daiichi. La explosión en Chernobyl en 1986 se considera el peor desastre nuclear de la historia mundial con 400 veces más radiación que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima.
Los investigadores descubrieron que décadas tras el desastre, las densidades de animales salvajes eran similares a las que se encuentran en reservas naturales no contaminadas. Por ejemplo, que los lobos eran 7 veces más abundantes en la zona radioactiva que en las reservas de control en Bielorrusia, y 19 veces más abundantes que en una reserva no contaminada en Rusia.
Realizaron un modelo estadístico teniendo en cuenta el tipo de hábitat, la distancia al agua y la distancia al borde de la zona con presencia humana y lo  conectaron con mediciones de cantidades de cesio-137, uno de los isótopos radiactivos liberados en la explosión con más larga vida. El resultado: cero correlaciones entre los niveles de contaminación y la abundancia de animales allí, por tanto nada que ver con los niveles de radiación en el suelo.
A principios de este año presentaron los resultados de su última investigación en el área de Fukushima Daiichi, donde después del desastre nuclear llegó igualmente un boom de crecimiento de poblaciones animales, incluso de algunos en peligro de extinción. Conclusión, exactamente la misma.
Todo lleva a pensar que el factor más importante que afectaba a la vida silvestre no es en ninguno de los dos casos la contaminación nuclear, sino la presencia humana.
Si desapareciéramos por una pandemia o si nos autoextinguiéramos con armas nucleares, todo parece indicar que la vida en nuestro planeta continuaría y prosperaría. Aparentemente tenemos un pulso entre los humanos y el planeta, o incluso un pulso entre los humanos y los humanos. En cualquier caso, ojo, que llevamos las de perder, y en nuestra mano está.