El legado del conde

Jesús Anta
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Plaza de Portugalete

El legado del conde - Foto: Jonathan Tajes

Estamos hablando del origen del Valladolid documentado, es decir de los primeros lugares  que hay legajos que permiten comenzar a escribir la historia de nuestra ciudad no, sin embargo, sin un buen puñado de incertidumbres e hipótesis.
Ansúrez, el repoblador, mandó construir la primera colegiata, de la que desde Portugalete se ve  parte de su torre original románica, que de todas formas ha conocido bastantes modificaciones. También vemos restos de la posterior colegiata gótica, y el caos de la parte de atrás de la inacabada catedral herreriana.
Igualmente, a los tiempos ansurianos se atribuye la construcción de Santa María de la Antigua, cuya traza actual (que tuvo una casi completa reconstrucción a principios del siglo XX) sustituye a la original románica.
El por qué el conde decidió comenzar aquí a dejar constancia del Valladolid que entró en la historia, no deja de tener ribetes especulativos: ¿mandó construir la colegiata en la parte más elevada de la aldea? ¿tal vez la Esgueva, cuyo ramal norte rodeaba la colegiata, serviría de protección natural en caso de alguna acción bélica?¿para crear un foco poblacional alejado del que ya existía en torno a la plaza de San Miguel que ya había cuando el conde recaló en estas tierras?  ¿acaso  porque el conde llegó a ver la ruinas romanas que aquí había, y de las que bajo los jardines de la Antigua aún se conservan algunos restos, y consideró, por tanto, que estaba en un enclave noble? Estos restos romanos consisten en una estancia calefactora (hipocaustum), que más popularmente se conoce como gloria. En fin, acaso por todas estas y otras desconocidas razones, el conde consideró que este era el Valladolid que iba a legar al futuro.
Lo cierto es que  la plaza está en el epicentro donde Valladolid comenzó a crecer y a entrar en la historia,  cuyo paso del tiempo ha ido consolidando como uno de los lugares de referencia tanto para propios como para visitantes, que tienen en la Antigua una de las postales vallisoletanas que llevarse de la ciudad.
Se desconoce el motivo del nombre de la plaza. Una plaza que, en todo caso,  siempre fue muy concurrida tanto por ocupación de su amplia campa como por las actividades en sus calles adyacentes. Muy resumidamente podemos hablar de  un manantial que proporcionaba agua para llenar los cántaros, proveer un lavadero y facilitar el abrevadero de las caballerías, (llamado caños de la Catedral), de un mercado de casetas que a finales del XIX se sustituyó por uno de los tres mercados de hierro que mandó construir el alcalde Miguel Íscar (del que solo subsiste el del val); de unos baños públicos que dieron nombre a la calle que ahora se llama Echegaray que desemboca en Portugalete; de unas carnicerías;  de un mercadillo de cacharros y alfarería frente a la antigua,  y de algunos mesones concurridos. Todo esto  hacía de Portugalete y su entorno un enclave de mucha actividad y trasiego.
Hemos dicho que en Portugalete desemboca la calle de Echegaray, antes llamada de los Baños. Se trata de una calle tan corta como interesante por un par de ilustres vecinos que conoció. Uno fue Zorrilla, pues en esta calle vivió en una de sus intermitentes estancias en Valladolid; y otra fue la  ilustre y desconocida vallisoletana Beatriz Bernal, que en el siglo XVI publicó la única y, por cierto, exitosa novela de caballerías que escribiera una mujer, cuyo título, resumido, es Don Cristalián de España.
El mercado de Portugalete se construyó en 1881, y se derribó en 1974, no sin ruidosa polémica porque una parte de la sociedad vallisoletana consideraba, y con razón, que se iba a echar abajo parte de la memoria de la ciudad. Estaba Valladolid en pleno furor de destrucción de su patrimonio,  y aquella incuria se completó, además, con la construcción  de viviendas de desmesurada altura  y de poco agraciadas fachadas que desentonan de forma notable.
No obstante, se trata de una plaza de agradable paseo y estancia que está a la espera de que en un futuro se adecente de alguna manera ese caos de la parte trasera de la catedral en el que ‘colisionan’ las tres colegiatas que se han ido sucediendo desde el siglo XII.