Más de 700 variedades de tomate en la huerta de Piñel

M.B.
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Eduardo Perote empezó hace quince años en Piñel de Abajo y ya ha llegado a varias cocinas con Estrella Michelin. «Por encima de las ventas, está el reivindicar la producción a pequeña escala y en ecológico».

Más de 700 variedades de tomate en la huerta de Piñel - Foto: Jonathan Tajes

Suena el teléfono. Al otro lado de la línea se oye una voz grave: «Oye, Eduardo, necesitaría una caja de tomates para esta semana. ¿Mañana? ¿Puedes hoy?». El que llama puede ser Víctor, Pablo o Miguel Ángel, todos ellos restauradores con estrella Michelin. Aunque bien pueden ser María, Pedro o Luis Carlos, tres vallisoletanos que disfrutan de los sabores tradicionales. El que responde es Eduardo, de apellido Perote. Lo hace desde su huerta en Piñel de Abajo, desde donde reivindica la producción a pequeña escala, en ecológico, «como la mejor manera de alimentar a las personas». Si uno lo piensa más en profundidad, Perote es, como él mismo se define, un rara avis, capaz de hablarte del purín de hortiga o de consuelda o de cola de caballo como ‘alimento’ para sus tomates mientras relata todas las Ferias que se realizan en esta localidad de apenas 150 habitantes, situada en la comarca de Peñafiel. Bien podría encabezar cualquier lucha contra la España vaciada: «Me gusta pensar que en los pueblos se pueden hacer cosas de la mano de la naturaleza». 
A Eduardo Perote le han llamado el ‘rey de los tomates’ en más de una ocasión. Y quizá el nombre le venga que ni pintado. Este año va por las 720 variedades las que tiene plantadas en ‘su’ Piñel de Abajo. Aunque ya tiene semillas para llegar a las 900. «En España habrá alrededor de 2.000 y si añadimos Portugal, igual se llega a las 3.000», matiza sin darse importancia.
En Piñel se pueden encontrar tomates blancos, negros, azules, amarillos, verdes, naranjas... y rosados. Este último, que es el clásico, asegura el propio Eduardo, ha estado denostado durante muchos y ahora vuelve a estar de moda: «Ha vuelto con éxito, con su sabor suave y delicado». Aunque para modas, ahora el que está en boca de todo el mundo es el azul. ¿Por qué? «Porque tiene antocianinas, que tiene propiedades antioxidantes, y puede ayudar a reducir enfermedades como el cáncer», responde Perote, que asegura que los naranja tienen sabor a albaricoque; los amarillos, a ciruela; los verdes, a clorofila; y que los blancos y verdes van bien para salsas e incluso helados, «porque tienen mucha agua». 
Eduardo Perote es agente medioambiental y hace quince años comenzó su particular aventura para «recuperar la tierra». Tiene tomates. Pero también pimientos, con un centenar de variedades. Pistachos, siendo uno de los pioneros hace 13 años. Berenjenas, cerezos, perales, manzanos... «Mi padre (José) es de aquí, de Piñel, empezamos solicitando una parcela y ahora tenemos este terreno», relata mientras señala los 3.000 metros cuadrados en los que se pueden ver sus plantaciones. 
«El fin no es producir sino la conversación de la biodiversidad», repite en más de una ocasión mientras relata su pequeña historia, hoy ya grande y conocida, primero por el boca a boca; luego por las numerosas Ferias a las que acude y finalmente por su presencia en algunas de las mejores cocinas de Valladolid, Castilla y León e, incluso, de fuera de la Comunidad: «Tampoco es tanto, eh. A veces nos llaman de Madrid o de Benidorm o de otras ciudades para pedirnos».
Su trabajo con los tomates comienza en el primer menguante de marzo, con el semillero. De cada variedad (720) siembra 20 semillas, de las que nacen entorno a 25 plantas. Elige las dos mejores. El resto las dona o regala. Este año se repartieron 2.000 en Villalar, durante la Fiesta del 23 de abril, a todos aquellos que reciclaban sus vasos; y todos los años reparte más de 5.000 en la Feria de la Biodeversidad de Piñel. Las plantas ya están listas la primera quincena de mayo. Y ahora, entre finales de agosto y este septiembre es cuando empieza a recoger los frutos del trabajo realizado.
Él es partidario de dejar a las plantas trabajar solas. «No les hago nada, no las capo ni las ato... de esta forma la planta se expresa como es aunque el tomate venga un poco más tardío», apunta, recordando que no echa abonos y que todo es natural, mientras señala su huerta y bromea: «Parece un melonar o un patatal». Pero explica su teoría: «Cuando hay un golpe de calor, la flor no se cae y al estar más baja, la planta está más fresca. Además con el aire se extiende la araña roja, una plaga que afecta a los tomates. En nuestro caso, además, al tener muchas variedades, las plagas se encuentran con que una planta es diferente a la otra y puede hacer de barrera natural». 
Así, en agosto ya empieza a tener cherrys, los primeros en madurar. Aunque es ahora, en septiembre, cuando más variedades tiene. «Los hay también por sus formas: redondos, aplastados, con forma de pera, con forma de botella o de bombilla, estriados, planos, acorazonados, amamolados...», relata sin parar. «También se pueden dividir en los que son para ensaladas, para guardar, asar, conservar o freír», siga recordando en alto. 
«Aquí hay semillas de todo el mundo». ¿Por qué? Porque, responde, cuando uno ya tiene muchas variedades la gente se pone en contacto con él para intercambiar semillas: «Incluso yo mismo mando de forma gratuita a gente que me solicita». Y tiene de todo el mundo, algunas solo se pueden encontrar en España en su pequeño ‘supermercado’ de Piñel.
Su producción está ahora en el momento álgido. No sabe calcular cuántos tomates puede obtener, pero sí hasta cuándo tendrá: «Hasta las primeras heladas. Aunque tengo una manta térmica y puede que aguanten las primeras heladas, pero más o menos hasta mediados de octubre habrá tomates». Y aquí se para. Piensa. Y hace un alegato de los sabores tradicionales, de la tierra, de los agricultores -aunque él no se considere uno e incluso sea crítico porque muchos no avanzan y se mantienen demasiado inmóviles-: «La mayoría de los tomates que la gente compra vienen de invernaderos. A las plantas no les da el sol y el sabor al final está diluido porque tienen mucha concentración de agua. La industria ha ‘mejorado’ los tomates para que puedan viajar y aguanten días y semanas en un frigorífico, mientras los nuestros no deberían viajar mucho y deberían ser consumidos en una semana. Los tomates de invernadero son de variedades híbridas, se recolectan en verde y siempre tienen un buen aspecto, aunque luego su piel es dura...».
«Aquí, en Piñel, no hay tradición de huerta, como puede haber en Tudela, pero hay un patrimonio muy grande». Así, desde la Asociación ‘El Prao de Luyas’, que el propio Eduardo Perote constituyó hace más de una década, se realizan diferentes Ferias, como la Ibérica de Tomate, que tendrá lugar el primer fin de semana de octubre junto a la Red de Semillas Tradicionales de Portugal. Allí se hacen exposiciones, degustación de tomates y talleres de extracción de semillas; y durante un par de días puede reunir a unas 700 personas. Pero no es la única que hacen. Entre febrero y marzo realizan la Ibérica de Fruticultura Local, con manzanas, peras, cerezas, ciruelas; luego llega la de la Biodiversidad; la de la Cereza; la de la Chuletilla... «En todas reivindicamos lo tradicional, la vuelta a los orígenes, a nuestros productos de toda la vida». Y en diciembre, con el dinero de superávit de la Asociación, reforestan -con Luis Valdivieso- la superficie del pueblo.
Eduardo Perote lo tiene claro: «La gente busca volver a los sabores de la infancia, al acidillo. Y, cuando uno trabaja con el tomate tradicional, recupera sabores y saberes». Y da un truco: «El tomate se corta como los dientes de ajo, para mantener los sabores y no destrozarlo».