La pandemia era Franco

Antonio Pérez Henares
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Acabar con cualquier resquicio del dictador y su régimen parece ser la mayor prioridad del Gobierno y no hacer frente a las consecuencias del coronavirus

Sobre la mesa del Ejecutivo está eliminar la monumental cruz que preside el Valle de los Caídos - Foto: EFE

A tenor del interés, prisas, énfasis y empeño del Gobierno, caras A y B del disco, se diría que el acuciante problema al que España se enfrenta es Franco. Bueno, ahora la cruz del valle de los Caídos, pero todos nos entendemos. Franco. Hay que acabar con Franco. Es la prioridad nacional trompeteada por Carmen Calvo, que ha vuelto del coronavirus donde se metió tras aquellas últimas declarativas, animando a ir al 8-M, diciendo que «a las mujeres nos va la vida en ello», porque según ella no acudir era pecado mortal feminista y no fue al revés de chiripa, que bien malita estuvo y donde la cabecera socialista, y también la de Podemos, casi al completo acabo infectada. Que ya nadie se acuerda en esta España con memoria de pez y de medios de comunicación lavadores y centrifugadores, en la que de lo que el actual poder monclovita no quiere, en dos pestañeos ya ha quedado tan olvidado que ni siquiera es fácil afirmar que pasara.
Es decir, que la pandemia a la que hay que combatir sin demora y con todas las fuerza no es el virus ese coronado, sino Franco. La Corona también, pero ahora lo que toca es Franco. La COVID-19 es su momia y como ya lo cambiaron de sitio se les ha ocurrido una vuelta de tuerca y ver como enredan otra vez con un remake de la infausta Ley de Memoria Histórica, que no era ni lo uno ni lo otro, porque era desmemoria bisoja y sectaria y de historia no tenía nada sino contar la cosa con el mismo rigor y equidad que la habían contado los franquista durante los 40 años anteriores, solo que al revés. Los buenos, buenos, puros y arcangélicos son ahora los que antes eran los malos, rémalos, demonios y criminales. Y viceversa. La cosa era que se volviera a la víscera y a desatar los odios políticos entre los españoles. Y, tristemente, a día de hoy, hay que reconocer que en ello Zapatero tuvo éxito.
La Ley de Mentira Histórica, como estimo más apropiado llamarla, fue el primer torpedo en la linea de flotación de la Reconciliación Nacional que se había sellado en el año 1978 y que tan buenos frutos, prosperidad, libertad y progreso nos había ido dando. Ahora, Calvo, por orden del Caudillo Pedro Sánchez y del ministro de Propaganda, sin cartera pero con más poder que nadie, Iván Redondo, se ha puesto a soplar los clarines del odio y se apresta a lanzar una definitiva andanada sobre la nave de la Concordia para, ya definitivamente, hacerle estallar la santa barbara y enviarla al fondo de los mares.
Esto sucede en el país de los 53.700 muertos, de los cuales mas de 24.000 han sido escondidos en las cunetas de la desinformación, de decenas de miles con terribles secuelas y cuando, a pesar del triunfal parte del Generalísimo Pedro de «cautivo y desarmado el ejercito vírico, las tropas sanchistas han alcanzado todos sus objetivos. La pandemia ha terminado y yo me voy de vacaciones», resulta que el bicho está muy vivo y ya campea de nuevo por todos lados. Porque cuando lean estas lineas ya estaremos o al borde de estar de nuevo en la que estábamos: arrestados.
Y como durante la tregua, como cuando era una cosa de China y luego de Italia y a nosotros no nos iba ni a rozar («como muchos cuatro casos» Simón dixit) y no se tomo medida ni precaución alguna (las mascarillas no servían y eran un estorbo, don Simón de nuevo) ni hizo previsión ni acopio de material de protección necesario, pues ahora tampoco se ha hecho nada de lo debido. Los test «no eran necesarios ni servían para nada», en los aeropuertos aún menos, que vinieran y vinieran y en las concentraciones de ocio nocturno manga ancha y de postre, tras haber ocultado muertos, ataúdes, dolor y lagrima y exhibido únicamente y como norma los aplausos curativos, el mensaje de que aquí ya estaba pasado todo y la enfermedad vencida que tuvo el único efecto que podía tener. Que se le diera, y los más jóvenes en tropel, crédito y se le hiciera caso y ya ninguno a las llamadas a la prudencia.


Panorama desalentador

El país está, se decrete o no, de nuevo en cuarentena. Así lo ha dictado la comunidad internacional. Y en bancarrota. La Nación está quebrada y los indicativos de futuro ya no marcan ni siquiera el rojo sino el negro zaino. Todo se fía a que nos fíe Europa y que esos dineros nos salven. Pero las miles de empresas ya caídas y los millones de empleos destruidos o a punto de serlo, eso parece que no importan nada.
Porque semana tras semana esa es la impresión cada vez más fijada. Que les importamos un bledo, una mierda y un carajo. A ellos les va bien, van a aprobar los presupuestos, ahora dicen que con los grandes amigos de la paz y la Constitución, Bildu y ERC (¡Ay Inés donde te has metido) que se trae del brazo Pablo Iglesias como socios y amigos preferenciales y van a ganarle la guerra a Franco. La pandemia era Franco y van a hacerlo picadillo. Será una victoria planetaria y si logran derribar la cruz del Valle, será casi la alborada de una civilización nueva. Pero aunque no, solo con el trompeteo y la fanfarria, ya tienen el objetivo tomado. Con eso ya lo tienen todo ganado. Ellos. Es lógico que estén tan contentos. Solo hay que verles las caras. Son felices. En los tiempos del coronavirus ellos están exultantes. Disfrutándolo, vamos.