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Imelda Rodríguez

Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


El papel arrugado

21/05/2022

Me gusta la metáfora del papel arrugado. Ya saben, esa historia que nos muestra que el corazón de las personas funciona así. Cuando se daña la confianza de alguien es como si hubiéramos estrujado entre nuestras manos ese papel. De poco servirá después afanarnos por estirarlo, porque siempre permanecerá lleno de pliegues y arrugas. Nuestro deseo de creer en los demás se activa a través de dos palancas fundamentales: su generosidad y su talento. Y este es el punto de partida del buen político. Lo deben tener claro ellos y también nosotros, que no podemos votar lo que sea. Carecer de una visión lúcida, compasiva y trascendental de la gestión pública es una alarma que indica, con claridad, que ese dirigente no está en el lugar adecuado. Pero hoy seguimos viendo actitudes contrarias de políticos empecinados en permanecer en la esfera pública sin tener ninguna capacidad para ejercer bien su deber de servir y acertar. Y, nosotros, más de lo que nos conviene, miramos para otro lado, como si eso nos protegiera del daño que pueden provocar las generaciones de malos gobernantes. Fíjense, me llamaba poderosamente la atención las reacciones de la clase política, de izquierda a derecha, al intentar conectar a toda costa con el triunfo de Chanel, la artista que representó a España en el festival de Eurovisión. Resultaba hasta ridículo ver mensajes prefabricados, sin un ápice de naturalidad, alabando a la artista. Estas y otras reacciones en serie, cuando no son sentidas, magullan su credibilidad.
Lo anecdótico está en las bambalinas de los partidos para sacarlo a escena cuando van perdiendo protagonismo -como si el que gritara más fuerte representara necesariamente la verdad-. Pero las anécdotas no sirven más que para distraer y casi nunca llegan a solucionar nada.  Ese culto a la anécdota lo vemos a diario y es una especie de tufo que ya ni olemos. No podemos acostumbrarnos a la flojera en el mensaje y, mucho menos, en la acción de instituciones, partidos o gobiernos.  Las sesiones parlamentarias se convierten a menudo en una disputa sobre temas que nada importan a los ciudadanos. Los dimes y diretes que se profesan gobernantes y candidatos en las redes sociales son más propios de discusiones adolescentes que de líderes firmes. El debate público se enfrasca de cuentos, repletos de esa anécdota, que no buscan solventar sino confundir. Muchos de nuestros políticos han cogido el hábito de inflar tanto las historias que nos cuentan que el ambiente se parece cada vez más a los cómics de Mortadelo y Filemón. Recuerden que Filemón era el detective colérico y Mortadelo carecía de sentido común y, por si fuera poco, tenía una extraordinaria capacidad para disfrazarse de cualquier cosa. Cuando no hay autenticidad, las cosas no salen bien.
En Castilla y León, a veces, parece que estamos en una especie de patio de colegio donde la tensión controlada entre los dos partidos que gobiernan hace que deban producir dos o tres anécdotas al mes, a las que luego se sumarán los partidos de la oposición, para que no pasen desapercibidas sus posturas. Y sin liderazgo auténtico poco podemos avanzar. Por inteligencia estratégica deben apartar cuanto antes los asuntos anecdóticos -con los que se obcecan los políticos de aquí y de allí-, sin trascendencia ninguna para tantas y tantas personas que, por un motivo u otro, no saben hoy para donde tirar. Hay palabras y actuaciones que restan y otras que suman. Y en esa diferencia está la clave del éxito político, que es el destino final que eligen los votantes (aunque tropiecen con alguna que otra piedra por el camino). La clave de este éxito está en saber transformar las anécdotas en símbolos. Esto requiere brillantez, claro, y dejar de echar humo. Un símbolo supone, por ejemplo, que una figura como el actual vicepresidente del gobierno castellano y leonés lleve a hombros a San Isidro, en la procesión celebrada en Valladolid el día de su festividad, y después consiga modernizar e impulsar más los recursos y la competitividad de nuestros agricultores. La anécdota sería que actuara solo como costalero. Por eso los símbolos en política exigen aparecer y luego resolver. Vamos a dar un margen de confianza a todos nuestros políticos, en el gobierno y en la oposición, para que rematen sus comportamientos. Pero, eso sí, exijámosles con ahínco que dejen a un lado lo anecdótico y se afanen por provocar optimismo tangible. Papeles arrugados y papeles mojados ya hay demasiados. Ahora toca escribir en ellos la receta de la esperanza, porque hay mucho por hacer.