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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El cielo puede esperar

12/11/2021

Lo más peligroso del vicio es que genera en el afectado la percepción errónea de que no tiene un problema real. Son los demás quienes tienen una visión correcta del drama humano. Sin embargo, últimamente esta actitud realista está cambiando ya que muestra una finura moral que incomoda a una sociedad adormecida.

Las democracias no quieren reconocer que su dependencia de la deuda se ha transformado en una droga que corroe nuestra capacidad para crecer y supone un fardo injusto para las generaciones futuras. Los políticos, la inmensa mayoría profesionales en dicha actividad, eluden el problema porque han sido convencidos por sus asesores de que es un tema electoralmente explosivo. La afirmación es cierta, pero no por las causas que se suelen argumentar. Los votantes no tienen miedo a la verdad, lo que tienen es una desconfianza absoluta a la gestión de la clase política y dudan de sus remedios. Esta falta de credibilidad paraliza cualquier posible escenario.

Con una pirámide poblacional invertida, el Estado moderno es inviable en el futuro y demuestra, cada vez con más frecuencia, su incapacidad para cumplir con tareas básicas. Algunos economistas iluminados ofenden al sentido común argumentando que la deuda es irrelevante y que solo hay que imprimir moneda hasta cubrir cualquier necesidad deseada. El ejemplo perfecto para ellos es Japón, porque está endeudado hasta las cejas y lo financia con moneda propia gracias al ahorro interno.

¿Y si tu país no tiene esa capacidad de ahorro propio? ¿Y si no eres un gigante de la exportación? ¿Qué pasará cuando tu mercado interno se haya reducido un 30%? ¿Qué ocurrirá cuando estalle la burbuja accionarial fruto de las compras masivas del propio Estado?

Reconozco que Japón es un país fascinante, productivo y con una capacidad de sufrimiento espectacular, pero su cultura no es la nuestra. Cuando tu territorio es un archipiélago, los temas de seguridad, de inmigración o sobre identidad nacional tienen respuestas que otros países no pueden ni plantearse.

Japón ha apostado por el endeudamiento para eludir las reformas inevitables de su economía y necesarias en su sociedad. Fruto de su talento han podido retrasar el enfrentarse a ellas pero sin duda llegarán. Otras naciones no tienen ese tiempo.

Hasta la fecha, las democracias han demostrado una capacidad para reformarse sin acudir a la violencia interna o externa. Es hora de que el Estado vuelva a su tamaño original. Sería un acto de inteligencia política y previsión.