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De una cárcel de Venezuela al Campo Grande

M.B
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El vallisoletano y exmilitar Ruperto Sánchez llegó este lunes con su mujer y sus dos hijos a la capital castellana tras siete años preso en el país sudamericano. «Es momento de empezar una nueva vida»

Ruperto Sánchez posa con su mujer, Kerling Rodríguez, en el Campo Grande. - Foto: Jonathan Tajes

«Es momento de empezar una nueva vida, desde cero, con la familia, sin miedo y en libertad». Ruperto Sánchez habla pausado y tranquilo, con la mascarilla bien ajustada, serio de voz pero firme y seguro por su pasado militar, sentado en uno de los bancos del Campo Grande, donde hace 49 años daba de comer a los patos con su abuelo materno, Pedro Casares de Cos: «Es casi prácticamente está todo igual que lo recordaba».

Ruperto habla de libertad porque ha pasado los últimos siete años entre rejas. Víctima de cuestiones políticas (acusado de instigación a la rebelión en la denominada 'Operación Jericó', un supuesto intento de golpe de estado, en que estuvieron implicados otros ocho compañeros), pero siempre proclamando su inocencia: «Hubo testigos que, al ser preguntados por el juez, y yo tener de segundo nombre Chiquinquirá, hablaron de que se habían reunido conmigo asegurando que era una mujer ante la sorpresa de todos. ¡Ni me conocían!»; y con su familia, con su mujer Kerling a la cabeza, luchando por su salida de la cárcel cada día desde que fue detenido el 15 de mayo de 2014.

Ruperto habla tranquilo en su Valladolid natal, donde nació hace 55 años y donde vivió hasta los 6: «Recuerdo los paseos con mi abuelo, el dar de comer obleas a los patos aquí en el Campo Grande, las meriendas en una barca de remos en el Pisuerga y el haberme montado en un tren de vapor por él, por mi abuelo, que era carpintero de la Renfe». Ruperto nació en el antiguo hospital Universitario en 1966 y fue bautizado en la iglesia Santa María Magdalena, donde antes se habían casado sus padres.

Ruperto pasea esta semana por las mismas calles donde lo hacía con su abuelo, con su madre, Aurora Casares, cántabra de Entreambasaguas, o con su padre, Ali Sánchez, venezolano y estudiante de Medicina en Salamanca. Se fue a los 6 años porque, por entonces, el país sudamericano era mucho más próspero que el español. Hoy le extraña la libertad de aquí, el poder simplemente pasear, los coches con cristales sin tintar («allí es inverosímil porque te arriesgas a cualquier robo si ven que vas solo o que llevas un móvil»), el perfecto asfaltado de las calles e incluso los controladores de la ORA. Llegó este lunes después de varios meses tratando de salir del país una vez que obtuvo la libertad el pasado 17 de junio (un año más tarde de lo que legalmente le correspondía). Lo hizo gracias al trabajo de Javier Casado, de Fundación+34, «un ángel para nosotros» y quien le está abriendo las puertas en España. 

En Valladolid ha recibido ayuda de personas físicas, como Javier; la gerente territorial de Servicios Sociales, María Ángeles Cantalapiedra; el concejal Carlos Paramio;o Carlos Aguilar, director general de Acción Exterior de la Junta; de Cruz Roja... y, tras unos días en un hotel, Cáritas les ha dejado una vivienda para un mes en el barrio de Las Delicias. Ese tiempo es el que aprovecharán para todas las cuestiones legales. Porque Ruperto es español de Valladolid, y se ha venido con su mujer, Kerling, y sus hijos, Roberto y Verónica, como dice él, «con toda una vida en una maleta de 23 kilogramos». Quieren y esperan encontrar trabajo. Kerling es odontóloga y ha estado trabajando en dos ONG pro derechos humanos en Venezuela. Ruperto, además de militar y con experiencia aeronáutica, llegó a tener ganado en una finca. Su hijo Roberto tuvo que dejar sus estudios universitarios en Administración de Empresa. Verónica está acabando el Bachillerato de forma online. «Ellos (por sus hijos) lo han dejado todo, amigos, estudios... pero no les importa porque, por fin, estamos todos juntos», aseguran a la vez Ruperto y Kerling mientras disfrutan de los primeros días a orillas del Pisuerga.

Ruperto no había pisado Valladolid desde 1985, cuando arrancó su carrera militar en Venezuela. Desde que se fue a los seis años regresaba solo de vacaciones, pero desde ese 1985 se centró en su carrera y en su familia. Tiene una hermana, que vive en Maracaibo con su madre, española que volverá a casa en cuanto pueda: «Está súper contenta sabiendo que ya estamos aquí».

Sin entrar en cuestiones políticas, Ruperto habla de esos duros años en las cárceles, de la falta de atención médica allí (tuvo una neumonía en 2018 que casi acaba con su vida: «El hecho de ser hijo de mi padre (que fue jefe de salud de una provincia) me salvó cuando, tras verme muy mal, me llevaron a un centro de atención pública y allí di con una enfermera que llegó a conocer a mi padre»), de las torturas psicológicas, de pasarse meses y meses con 24 horas con una luz blanca cegadora en su celda, de los 40 minutos a la semana que les daban para salir a un patio y ver algo de luz exterior... Estuvo 8 meses en los calabozos de la Digecin (Dirección General de Contrainteligencia Militar), otros ocho en la cárcel de Ramo Verde (Caracas ), cinco años en La Pica (Monagas) y el último año en Ramo Verde de nuevo. 

Hoy está en Valladolid, donde nació, arrancando una nueva vida. Lejos de Venezuela, donde sigue su hermana y su madre. Lejos de su carrera, que le hizo ser teniente coronel. Pero lejos de la cárcel.

Llegó a esposar a Hugo Chávez en los años 90

A Ruperto Sánchez le marcaron un par de historias. La primera, en 1992, cuando era Jefe de Seguridad del Batallón Caracas, que estaba custodiando el Ministerio de Defensa. Por entonces hubo un intento de golpe de Estado contra el entonces presidente, Carlos Andrés Pérez. A Ruperto, joven militar por entonces, le tocó controlar a los que llegaban al Ministerio. Uno de ellos fue el teniente coronel del ejército Hugo Chávez (aún no era presidente): «Le cachee, como al resto, y le retiré las armas que llevaba. Le esposé, pero a los 30 segundos se las quitaron. Había mucha gente compinchada y yo no sabía nada».

La otra fue la firma de su mujer apoyando un referéndum revocatorio contra Chávez, ya presidente: «A partir de ahí cotejaron datos y vieron que era mi esposa». Fue 'marcado' como militar, siendo acusado años después de un supuesto intento de golpe de estado, acabando en la cárcel en 2014, donde ha estado 7 años, 1 mes y 2 días,